La entrada en vigor de la ley Celaá siembra ambigüedad sobre la oficialidad del castellano.

El Rincón de Javier

Interés de los gobernantes por el adoctrinamiento…

 

            LOECE, LODE, LOGSE, LOPERG, LOCE, LOE, LOMCE, LOMLOE… Bien podría pasar por la sucesión de respuestas que, en una actual reproducción del mítico programa de televisión UN DOS TRES, unos concursantes ilustrados darían a la pregunta de “Siglas o abreviaturas de Leyes Orgánicas de Educación desde 1980”.

           Nos costará creerlo, pero en la historia contemporánea de nuestra democracia, aunque sea por los pelos, contamos más reformas legislativas de educación que presidentes del gobierno. Es sin duda una realidad que nos da a pensar que el verdadero interés de nuestros gobernantes no es la educación de nuestros hijos sino su adoctrinamiento. Justo a principios de esta semana, el pasado martes día diecinueve, ha entrado en vigor la más reciente ley de educación, la que se conoce como la ley Celaá. La ley que pasará a la historia por haber aprovechado su desarrollo para dar cabida a un pacto, presumiblemente encubierto, sobre la oficialidad del castellano en nuestro Estado, sembrando la ambigüedad sobre cómo, dónde y cuándo ha de tratarse el castellano como lengua vehicular.

             Pero lo cierto y verdad es que para quienes crecimos con las directrices de la Educación General Básica, la popular E.G.B; aquella generación en la que hasta los catorce años andábamos los niños por un lado y las niñas por otro, en la que muchos incluso llegamos a plantearnos si realmente estudiábamos por aprender o por evitar algún tirón de orejas o de patillas, alguna torta, y no precisamente de chocolate, o el palmetazo de alguna regla, y no precisamente métrica. Porque así, intimidados por el castigo físico, era como nos enseñaron o como aprendimos los ríos y sus afluentes, las tablas de multiplicar, los huesos y los músculos del cuerpo humano, el análisis morfológico y sintáctico…

           Así lo aprendimos prácticamente todo, y así a casi todos nos entraban ganas de estudiar para maestros, pero no para cambiar los métodos, ni muchísimo menos, sino para hacer pagar nuestras frustraciones con los descendientes de quienes abusaron de aquellas aterradoras prácticas de aprendizaje, espantosas, que a veces incluso pudieron rozar los cánones de la tortura. Pues eso, sinceramente, creo que a quienes somos hijos de la E.G.B. nos hubiera bastado con una única reforma de educación. Una reforma competente, definida y consensuada por expertos de prestigio en la materia, y que por supuesto, empezando por penalizar la agresividad en todas las direcciones, garantizase a toda costa una enseñanza pública digna para todos, respetuosa y respetable, apolítica por encima de todo, capaz de competir con los más reputados centros de educación tanto concertados como privados, pero no castigándolos. El éxito no está en ser el único para ser el mejor, sino en ser el mejor para parecer que se es el único.

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