La suciedad de una ciudad (1)

Carlos Arenas
“La muestra del ser civilizado y de quien sabe vivir en convivencia”
Esas cosas que se hacen, son manifestaciones de individualismo sin respeto a las pequeñas cosas que hacen amable la convivencia. Una ciudad limpia es signo elevado de ser civilizados.
Me comentaban mis hijos Román y Elena, cuando estuvieron de viaje de novios en Japón, que les extrañó y maravilló comprobar la limpieza tan escrupulosa que presentaban los espacios públicos y el cuidado con que los ciudadanos observaban en mantenerlos. ¡Vaya, igual que aquí!, manifestaban sarcásticamente… Mi respuesta no fue con sarcasmo, les dije a Elena y Román, <<no hay más razón que esta: los japoneses son gente muy civilizada>>. Civilidad, que aun no ha calado aquí.
La pérdida de sensibilidad hace que no se sienta el abandono que presentan algunas zonas de la ciudad, tanto en el extrarradio y en otras más céntricas, (El antiguo matadero MIMARSA o el solar del antiguo lagar de Reyes, entre otros y de los que están más a la vista).
Claro que, la suciedad no se manifiesta solo en la basura de índole dispersa; hay otras formas mas sutiles de suciedad y excreciones en la comunidad, y que puede ser de miseria moral y de ética, de menosprecio y falta de respeto al otro.
Recuerdo con nostalgia, lo de aquellas casas que no tenían patio o que siendo muy pequeño, la mujer de la casa sacaba, cuando llovía, las macetas a la intemperie de la fachada de su casa, pues se decía que el agua del cielo rejuvenecía la planta colocada en el tiesto de cerámica. Ninguna maceta se perdía, nadie pensaba coger una y llevársela al patio o a algún rincón de su casa. Cualquier atisbo de tierra que quedara, con diligencia, se barría y recogía. Y todos los días, por la acera y la calzada, en lo correspondiente al ancho de la fachada que le correspondía a la vecina, se les pasaba la escoba.
Profundo respeto al otro, a la vecindad, que existía en una sociedad pobre de lo material y rica en valores humanos.
Se convivía con la puerta de las casas abierta, las de los vecinos y la propia. Se compartía lo que se tenía y se pedía, o si el vecino se daba cuenta de que el de al lado carecía o no tenía lo necesario. La convivencia era tan estrecha que, en verano, se conformaban corros de vecinos en la puerta de alguno, cada uno con su silla de anea traída de su casa.
Se esparcían rumores o las habladurías sin maldad, que con alguna carcajada del chiste espontaneo, daba vida de profunda humanidad a las calles del Casco Antiguo, pues en este es donde la costumbre se mantenía con fidelidad. Aquellos que no tenían que madrugar, aguantaban hasta altas horas de la madrugá, con la jarra del fino Baena o del Solera. Se apartaban cuando oían por esas calles empedradas los cascos de los mulos, que terminaban de acarrear en balsina la paja que les serviría para rumiar hasta que llegara otro agosto; y de los muleros y gañanes, buscando en el clarear del día el camino para la labranza del cortijo del señorito; barcinar, sacar las parvas machacadas con el trillo y aventando la paja cargada de granos con los bieldos, acarrear el cereal a los atrojes y llevar la paja en balsina a los pajares, del cortijo o del pueblo, o construir con ella un almiar cerca de la era.
Hay que hacer una llamada constante a la ciudadanía, para que con reproches, al menos, dirija una mirada de desaprobación a los comportamientos vandálicos contra lo que es de todos, también del vándalo, aunque no haga aprecio alguno de ello. Las actitudes chulescas y matoniles deben recibir el desprecio de todos, como imperativo ético.
Los jóvenes, la juventud, son los que están llamados a renovar las relaciones de convivencia social, recordando aquellas que mantenían sus padres, sus abuelos con sus convecinos. Es necesario fortalecer desde la escuela y en todos los ámbitos, asociaciones, lugares de trabajo, familiares, administraciones, una cultura ciudadana que valore vivir con el respeto al otro, al diferente, a lo público, al bien común y al interés general. Todos unidos podemos ir afrontando la solución de las deficiencias en la comunidad, en justicia y en bienestar social. Si no lo hacemos, nuestros derechos y libertades, se irán mermando. Los principios y valores democráticos, arrugándose, ante propuestas de signo autoritarias, como las que va vendiendo VOX y los sectores más reaccionarios del PP.
El comportamiento humano, si en su manifestación traslada empatías, la decencia humana se acrecienta. La sociedad ha de trabajar para que la sensibilidad se manifieste en las relaciones sociales y en las individuales, combatiendo el vandalismo y la violencia que deslegitima la convivencia, fomentando el respeto y la exigencia de solidaridad.
Con esa nostalgia manifestada antes, la pena que desde entonces hasta ahora, donde antes se vivía mejor en la convivencia humana, en la solidaridad y en la lucha contra las injusticias sociales. Se ha ido a mejor, si, pero solo en lo material, no hemos avanzado en civilidad, en urbanidad, en el respeto y en solidaridad cuando el otro lo pasa mal y no puede hacer nada por remediarlo solo. Si nada de eso hacemos, es que nos falta eso que se llama EMPATIA.
Tomaba la calle Henares desde el Llano, cruzaba la calle Los Molinos y tomaba la calle Cañada, comenzando repartiendo “Buenas Noches” a los grupos de vecinos que, a izquierda y derecha, se encontraban al “fresco”. Mi madre, Catalina, nos recomendó en su día hacerlo cada noche, como muestra de educación y respeto al vecindario. ¡Si se enteraba de que no lo hiciera, me reprendía vehementemente por la falta!
Hay que hacer una llamada para la “amistad cívica”, que decía Aristóteles, pues pienso que por la convivencia en una ciudad del tamaño de la nuestra, es mas fácil de obtenerla, al conocernos todos…
CARLOS ARENAS BLANCA
Primer Alcalde de la Democracia.
Abril 1979-Mayo 1983

