El Cristo de la Sangre de Baena: Una joya oculta de Pablo de Rojas que renace 400 años después
En un mundo saturado de información y noticias efímeras, aún hay historias que merecen ser contadas con pausa, emoción y reverencia. Y esta es una de ellas. Porque el Cristo de la Sangre de Baena no es solo una talla procesional. Es un testigo silencioso de siglos de fe, y arte. Y gracias al trabajo incansable de un hombre —Salvador Guzmán Moral— su historia ha sido rescatada, restaurada y reivindicada como uno de los grandes tesoros del patrimonio andaluz.
El pasado sábado, los salones parroquiales de la Iglesia de Guadalupe se llenaron de emoción, devoción y sorpresa. Con motivo del centenario de la Hermandad del Cristo de la Expiración —conocido popularmente como Cristo de la Sangre—, Salvador Guzmán, restaurador y doctor en Bellas Artes, ofreció una ponencia que más que una charla, fue una clase magistral. No solo repasó la historia de la imagen: la revivió.
Con más de 40 años vinculado a esta escultura, Guzmán ha sido el guardián silencioso del Cristo. Lo restauró por primera vez en 1985, cuando apenas era un joven investigador becado por la Junta de Andalucía. Lo volvió a hacer en 2017, ya como uno de los mayores especialistas en imaginería procesional. Y fue él quien, tras décadas de estudio, logró atribuir esta obra al genial escultor granadino Pablo de Rojas, maestro nada menos que de Martínez Montañés.
Una obra maestra escondida a plena vista
Durante la conferencia titulada “Sacrum Factum Ars: Lo sagrado hecho arte”, Guzmán desgranó con pasión cada detalle de esta talla de finales del siglo XVI. Con casi 300 diapositivas —sí, 300— relató cómo esta imagen, originaria de Alcalá la Real, llegó a Baena en 1603 de la mano de una familia noble: los Valenzuela-Saravia.
La talla, de tamaño algo menor al natural (1,62 m), destaca por su expresividad contenida, su policromía delicada y su rareza iconográfica: representa a un Cristo expirante, aún vivo, en el momento exacto del último aliento. Una representación poco común y extraordinariamente conmovedora.
Guzmán explicó cómo, mediante estudios comparativos, análisis técnicos y radiografías, ha quedado demostrado que la imagen guarda una asombrosa similitud con otras obras de Pablo de Rojas y su taller: desde los pliegues del sudario, el peinado, la expresión del rostro, hasta detalles como las lágrimas pintadas y las pestañas trazadas a pincel. Un sello inconfundible.
De la guerra civil al olvido… y la resurrección
Pero el Cristo de la Sangre no solo ha vivido siglos de procesiones. También ha sobrevivido a momentos oscuros. Durante la Guerra Civil fue trasladado de urgencia desde San Francisco a la Iglesia de Guadalupe. Desde entonces, y tras tensiones entre hermandades del Miércoles y el Viernes Santo, quedó definitivamente vinculado a esta última.
No fue hasta 1985, cuando un joven Salvador Guzmán —a punto de iniciar su carrera docente— lo recibió en su taller de Sevilla en condiciones lamentables. “Era una joya oculta bajo siglos de suciedad, repintes y descuidos”, recordaba. Diez meses de trabajo riguroso dieron como resultado una restauración que permitió no solo conservar la imagen, sino estudiar su verdadera identidad.
Y lo que era sospecha se convirtió en certeza. En 2015, tras años de trámites, la imagen fue declarada Bien de Interés Cultural (BIC). Una victoria cultural para Baena y para Andalucía.
Una historia de fe, arte… y gratitud
Durante la conferencia, Guzmán no solo habló de arte. También rindió homenaje a los muchos que hicieron posible esta recuperación: desde el recordado Juan Torrico, coautor del primer libro sobre la hermandad, hasta el párroco Juan Huertas y hermanos mayores como Francisco Rodríguez. Todos ellos, piezas fundamentales de un rompecabezas que ha devuelto al Cristo su lugar en la historia.
El Cristo de la Sangre, como bien apuntó el restaurador, no necesita corona de espinas. “Pablo de Rojas nunca se la talló, porque su dolor no era físico, sino interior”, explicó. Un detalle que conmueve y que invita a mirar de nuevo la imagen, no solo como una obra de arte, sino como un espejo del alma.
Al final, Salvador Guzmán se despidió con una frase que resonó en cada rincón del salón: “Esta imagen representa lo sagrado hecho arte. Y nuestra misión es protegerla, entenderla y, sobre todo, sentirla”.
En un mundo que a veces olvida sus raíces, esta historia no solo rescata una imagen: rescata un legado. El Cristo de la Sangre de Baena, atribuido sin duda a Pablo de Rojas, ya no es solo un símbolo de la Semana Santa. Es, como dijo Guzmán, “una cumbre de la escultura sacra andaluza”.

