No a la guerra

Lola Ruiz Arrebola

 

         En la pasada entrega mensual de la presente columna acababa con un ¡NO A LA GUERRA! y aplazaba para la siguiente, por falta de espacio, la reflexión “sobre dicha barbarie con un poco más de perspectiva y detalle”. Todo un atrevimiento gratuito por mi parte que me es difícil cumplir, teniendo en cuenta que no soy experta en las relaciones geopolíticas o, mejor dicho, geoeconómicas. Todo se complica cuando vemos como las relaciones diplomáticas no se basan en las emociones o los sentimientos, pues se basan en los intereses. Y es que estas reglas de funcionamiento del nuevo orden mundial no están entendidas por valores morales sino por intereses económicos.

         Y por ello, me cuesta mucho trabajo entenderlo todo.  

         Me cuesta trabajo entender por qué en las relaciones diplomáticas previas a la invasión, no se llegaron a agotar todas las posibilidades, incluidas la neutralidad de Ucrania ante la OTAN, que ahora se ofrece y se da por hecho.

         Me cuesta trabajo entender cómo en un mundo globalizado, que ahora lo es menos, se sigue apostando por una política de bloques que solo apunta a una continua escalada militar, la OTAN contra el resto, occidente contra lo demás, en vez de apostar por el mero cumplimiento del derecho internacional en el marco de la ONU.

         Me cuesta trabajo entender que lo único y lo que mejor podemos hacer es la entrega de armas a la población civil de Ucrania.

         Me cuesta trabajo entender cuánto ganará el negocio armamentístico, pues la mayoría de países ya están informando del aumento de su gasto militar, que obviamente tendrá que ser en detrimento de las necesarias políticas sociales, la sanidad o la educación.

         Y también relacionado con nuestra política exterior, me cuesta trabajo entender cómo abandonamos  al pueblo saharaui, minando nuestras necesarias buenas relaciones con Argelia, por tal de que Marruecos siga siendo el antidisturbios de Europa contra los migrantes africanos.

         La semana pasada en Baena un grupo de personas izaban la bandera del ¡No a la Guerra! en un acto lleno de simbolismo, pues se trataba de la misma pancarta y en el mismo lugar que la que se colocó hace 19 años, con motivo de la guerra de Irak. Y es que yo también creo que todas las guerras son iguales de injustas y cruentas.      Podemos calificar el mayor grado de tiranía de aquellos que inician o provocan una invasión, pero no por ello podemos hablar de guerras necesarias y justificadas, por lo que siempre se debe alzar la voz con el ¡No a la Guerra! por parte de toda persona de bien.

         Nada es extrapolable al sufrimiento ocasionado a la población civil en un conflicto armado, a pesar de que las consecuencias de esta guerra también las pagamos todos. La subida de los precios en la energía es una de estas consecuencias, subidas que tensionan el normal desarrollo de nuestras empresas y, por lo tanto, el trabajo y sustento de la ciudadanía española.

         Y es que, una vez más, pese a todas las agendas y planificaciones creadas, la Unión Europea llega tarde para disminuir nuestra dependencia de combustibles fósiles, por un motivo mediambiental, que a la vez protagoniza el foco de muchos conflictos bélicos.

         Sin embargo, como no puede ser de otra forma, el gobierno de España, a pesar de tenerlo todo en contra, ha respondido con un rápido plan de choque. Sus efectos están por ver. Muchos serán bienvenidos, aunque a mí personalmente no me gusta que se subvencione el litro de combustible sin ningún criterio: ni el destino de ese combustible que no discrimina entre el uso profesional o necesario y particular de ocio o placer; ni el de la sustentabilidad que nos invita a no subvencionar este tipo de energías a estas alturas; ni el del nivel de renta de los consumidores que ponen a la misma altura a un millonario que llena su porche para pasear con el de trabajadores que acuden cada día a su centro de trabajo, situado a decenas de kilómetros, ante la imposibilidad de hacerlo en transporte público.

         En definitiva, muchos interrogantes para alguien que no es experta en estos temas. Seguiremos viendo las diferentes tertulias televisivas, para aprender de las expertas y expertos tertulianos, aunque algunos sean los mismos que los vulcanólogos o epidemiólogos de hace unos meses.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.