miércoles, julio 29, 2026
BCarlos Arenas

La zafiedad que se asocia a una Arquitectura (Parte III)

Una de cal.... y otras de Arenas

Carlos Arenas

Promotores y constructores, estos que consiguieron dinero, no es que quisieran mandar, aunque pareciera que era eso lo que añadido buscaran, atraídos por el snobismo de los que vieron con dineros que mangoneaban el pueblo, rendidos todos a su voluntad. Lo que querían los nuevos ricos es que se les dejara hacer, vamos, algo así como la instalación de una anarquía plutocrática, tratando a aquel ayuntamiento de “niñatos”, injuria de aquellos intereses bastardos, para conjurar sobre la aprobación de las Normas Subsidiarias de Planeamiento Urbanístico.

Hay nuevos de esos, gracias a Dios (como diría el castizo) que no proliferan tanto, que han apañado dineros, he oído hace poco de uno de ellos, que su dinero era gastado para hacer más, con la coartada de que crea puestos de trabajo, y por ello ha de dejarle hacer lo que quiera, sin cortapisas de licencias, proyectos u otros requisitos y exigencias legales. Nada de reglas, de juego, nada de leyes, nada de estado de derecho…¡si quiero hacer un camping o un hotelito lo hago sin nada ni nadie que me pida un permiso para ello!. Empresario sin saber su significado decente, mente irracional que le lleva a creerse con derecho ¿o, de tener ese privilegio?

Se instaló una seudo-arquitectura de edificios verticales, feos, sin armonía compositiva alguna, sin nada que apreciarles y vacíos de sentido estético; eran edificios que solo buscaban beneficio económico, para unos y otros, de los agentes que los hacían construir. ¿Legítimo solo la búsqueda del beneficio? No entro en posible disquisición filosófica sobre el beneficio, rechazo que no se busque con ello un trabajo bien hecho, una mínima estética en la fachada pública de los edificios, una manifestación adecuada de una profesión, arquitecto, de elevados conocimientos académicos, que se obtiene con un nivel superior de inteligencia, que debe ser colmada con la experiencia diaria del desarrollo del trabajo arquitectónico bien hecho y captado por los sentidos, en sensaciones complacientes.

La vulgaridad y el mal gusto fueron instalados en Baena, en la arquitectura que se hacía, con los arquitectos de entonces, sin sensibilidad estética. Pero, hubo uno, Francisco Montoro Ballesteros, que fue la excepción, hizo más de un edificio digno de elogio.

Se tenía la plaza del Llano, que respiraba un cierto aire de distinción con sus calles aledañas, rasgo que se ha perdido. No me canso, fijen su mirada en la boca de entrada del Pasaje Recoletos, esos dos edificios a derecha y a izquierda, de fealdad insufrible; o ese edificio en esquina, Llano del Rincón, donde se encontraba la zapatería Piernagorda, su horror se agiganta con el magnífico y elegante edificio colindante de la familia Herrero. Algo similar diría del edificio por encima de la antigua pastelería de Serapio Salas, donde se instaló, por los ¿finales de los sesenta?, una cafetería con el nombre de Alaska (el amigo Pepe Ríos, se acordó del nombre). Edificio con un vuelo desmesurado, ocupando un espacio que no tiene en el suelo. Solo tiene de calidad esa fachada, vulgar y chapucera, (¿de un novel arquitecto Paco Calero?), las excelentes vistas en lontananza de las sierras de la Subbética de Luque y Zuheros, y la de Baena con pretensión de sierra.

Edificios sencillamente feos, ¿vulgaridad?, absolutamente.

Al partir del año 1980, se inició una llegada de arquitectos que hizo tambalear el monopolio con sus subalternos aparejadores. De los arquitectos llegados, se comenzó a observar cierta frescura en sus composiciones y diseños constructivos. Otros, no es que hubieran aprendido de lo que había ya aquí de rancio, traían la zafiedad entre el parale, la escuadra, el cartabón y el compás. Las escuelas y facultades de arquitectura debieran hacer visitas de ilustración y aprendizaje a los pueblos más significados, en lo que no se debió ni se debe hacer. Arquitectos advenedizos que no vuelven aquí, y ver lo que han dejado de vergüenza para la estética y la arquitectura en calles y fachadas. ¡Vamos, que dejaron la impronta de una insolencia arquitectónica insoportable para un enamorado como yo de su pueblo!

Actividad urbanística, por llamarlo de alguna manera y así no herir a susceptibles, sin nada positivo de lo que debe tener la misma. Las calles convertidas en un muladar, ensuciándolas con edificios de alturas ilegales, como significados cuernos de becerro de oro. Se abrieron calles, con promotores, propietarios, arquitectos y ayuntamientos aliados para ello, coaligados para conseguir el máximo beneficio; no era necesario ser muy listo en esa tarea. Astucia zorruna y oportunismo si había que derrochar, para estar en el sitio adecuado en el momento oportuno, pues otros méritos no se necesitaban. La fachada derecha de la calle General Morales y el Pasaje Recoletos se abrieron con esos mimbres y esas alturas ilegales y esos soportales o galerías sin terminar. Para ello, lo dicho. Los prepotentes de entonces hicieron dinero, a un costoso poder contarlo. Sintieron tener influencia y, por supuesto, importancia cuando los de la UCD los convirtieron en víctimas por aquello de las Normas Subsidiarias de Planeamiento Urbanístico.

El enredo acumulado por la arquitectura de los últimos años del franquismo y los años de antes de la llegada de los ayuntamientos democráticos, llenó las calles del Ensanche, dejado urbanísticamente planificado para el desarrollo urbano por el Arquitecto Mateo Gayá, con edificios que rompieron la anterior vida cotidiana en las casas con patio al fondo. San Jorge, San Isidro, los bloques de viviendas “sindicales” en la calle Magistrado Eguilaz. Colmenas de humanos, resultado del desarrollismo franquista y de la cruel emigración surgida para la supervivencia de familias enteras, iniciaron la despoblación y el abandono del Casco Antiguo y de su Almedina. Se llevaron a esas partes del suelo, entonces rústico, no por una cuestión de ordenación del crecimiento urbano.

Se ha dicho casi todo sobre el desarrollismo, aquellos años de despegue económico de los sesenta con la dictadura franquista, como milagro del nacionalcatolicismo. ¡Necio o falto de inteligencia es quien cree que eso fue así, el desarrollo por las políticas “bondadosas” del régimen dictatorial!

No sé si se ha dicho mucho sobre la arquitectura engendrada en los pueblos durante esa fase de la dictadura franquista. Hablo de los pueblos donde campaban los promotores autóctonos y los advenedizos, en connivencia con los políticos locales o el alcalde, llevados por el arquitecto cuyo uso del conocimiento en el manejo de la cubertería para saber comer el suculento plato proteínico lleno de Suelo Urbano Virgen, las especias para que fuese el plato lo más sabroso, ya se pondrían.

Me hubiera gustado estar al lado, con la archivera municipal Luisa Vílchez, desempolvar esos legajos de aquellos tiempos y desentrañar los proyectos en que se basaron los más burdos y espeluznantes edificios construidos por las calles de Baena, para mayor gloria del becerro de oro. Pues el daño estético y visual perpetrado por el arquitecto Luis Valdelomar de Prado a la ciudad de Baena no hay penitencia que lo perdone. Otros arquitectos hubo que dejaron su impronta de bodrios en edificios de las calles del Ensanche, pero sería arduo trabajo señalarlos y registrarlos…

¿No ofrece interés para un arquitecto joven, central tesis doctoral en el estudio y génesis de las edificaciones, que fueron poblando las fachadas de las calles de Baena?, ¿qué tráfico de influencias había en aquel entonces, oreando parte de la historia reciente de nuestra Baena?, ¿Es posible explicarnos con sencillez, por el que sabe, como fue planeada tanta fealdad en las fachadas de muchas de Baena?, ¿fue por ignorancia o por maldad? si además este que sabe, digo, tiene sentido del humor para contar, mejor. Baena se la hizo prostituir, y el beneficio que se obtenía por ello, en nada mejoró a la comunidad, si a alguno que buenos olivares y tierra calma que compró, con su deslealtad.

Muchas calles llenas de fealdad nos dejaron los arquitectos. Pienso en que no hubieran capacidad para hacer bien las cosas, pero si en que se entretenían, aplicaban todo sus energía, inteligencia y seducción en buscar clientes para hacer dinero, único afán que los movía, no en hacer un trabajo bien hecho. ¿Hay ahora de esos en estos tiempos presentes?, ¡vaya Vd a saber!.

Cuando me propuse luchar contra la presión amenazadora de los constructores y especuladores anarquizantes, por aquello de no querer dejarles hacer lo que les pareciera, me dejé muchos pelos en la gatera…pero, aquí sigo.

Carlos Arenas, primer alcalde de la democracia, 1979-1983