martes, julio 28, 2026
BBaenaHoyCabildo

Fe, familia y costal: Jessica María Díaz transforma el dolor en esperanza en el V Pregón

El V Pregón del Costalero volvió a situar la emoción en el centro de la Cuaresma. Jessica María Díaz Cabezas tomó la palabra para convertir su vivencia personal en testimonio colectivo, hilando memoria familiar, dolor transformado en fe y una defensa firme de la identidad cofrade. Bajo la mirada de la Virgen de la Angustia, su intervención no fue solo una exaltación, sino una declaración íntima de pertenencia y compromiso con una tradición que se hereda, se siente y se sostiene desde abajo, bajo las andas.

Bajo la mirada serena y dolorosa de la Virgen de la Angustia, Jessica articuló un discurso que transitó entre la nostalgia de la infancia, el dolor por la pérdida de sus abuelos y la certeza de que la fe transforma lo que hiere. “Para mí no hay salida más hermosa que ver a Angustias sobre las andas mirándose la cara”, afirmó en uno de los momentos más aplaudidos, subrayando que en esas miradas no hay solo dolor, sino agradecimiento.

Su intervención estuvo marcada por una profunda dimensión familiar. Evocó con emoción a su abuelo, referente esencial en su despertar cofrade, aquel que la llevó de la mano en los amaneceres del Miércoles Santo. La primera levantá, dijo, fue para él. Un gesto simbólico que convirtió el pregón en un homenaje a la memoria, a las raíces y a la transmisión generacional de la fe.

Un relato de fe en medio del dolor

El pregón fue presentado por el anterior exaltador, Juan Carlos Roldán, quien definió a Jessica como una mujer que ha sabido convertir la vivencia personal en testimonio. Y así fue. La pregonera habló sin artificios de la enfermedad, de la ausencia y de la herida, pero también de cómo encontró bajo las andas un espacio de calma cuando todo parecía tambalearse.

Jessica abrió una de las puertas más potentes del pregón cuando describió a la Virgen de la Angustia “sobre las andas mirándose la cara”. En esa imagen —tan sencilla y tan visual— condensó una teología popular completa: la Virgen no mira desde el dolor, mira desde la gratitud.

Ahí estuvo el primer gran giro: la Angustia no se presenta solo como Madre sufriente, sino como Madre que sostiene. Y esa mirada, dijo, es refugio para el barrio, para el templo, para el camarin, para el que reza y para el que carga. En otras palabras: no es una imagen que pasa, es una presencia que acompaña.

Baena como “fe que camina”: el orgullo cofrade en el año del gran reconocimiento

Jessica colocó con claridad el contexto que hoy lo atraviesa todo: el reconocimiento internacional de la Semana Santa. Lo dijo con orgullo, pero sin triunfalismo: no es casualidad, es fruto de décadas de trabajo callado.

Y lanzó una frase de las que se quedan: “No se viene solo a mirar, se viene a sentir”. En ese momento el pregón dejó de ser íntimo para volverse colectivo, porque reivindicó algo muy nuestro: que aquí la Semana Santa no es escaparate, es identidad, es barrio, es familia, es calle.

 La “primera levantá” al abuelo: el corazón del pregón

Si hubo un centro emocional, fue éste. Jessica no recordó al abuelo como un recurso sentimental, sino como origen. Contó la infancia, la casa, los amaneceres, la Cuaresma distinta a cualquier otra tarde del año, y ese hilo invisible que va del niño al adulto: la tradición como herencia viva.

Cuando pidió esa primera levantá “por mi abuelo”, el templo entendió que no era un gesto simbólico: era una manera de decir que nadie carga solo. Que bajo las andas también van los que ya no están. Que la Semana Santa es, muchas veces, el lugar donde se vuelven a encontrar las ausencias.

 El amanecer del Miércoles Santo: la infancia convertida en estampa

Jessica recreó con detalle el Miércoles Santo de madrugada, la conversación con el abuelo, la sensación de “no existirán más amaneceres como ese”. Ese pasaje fue importante por algo más que la nostalgia: convirtió un recuerdo personal en una escena universal para cualquier cofrade.

Ahí apareció uno de los elementos más periodísticos del pregón: la precisión de lo cotidiano. El despertar, la prisa, el camino, las calles, el “vamos abuelo”. Con eso logró que el público no escuchara una historia: la viera.

Bajo las andas: “Dios no quita nada, lo transforma”

Uno de los momentos más hondos llegó cuando habló de enfermedad y dolor —sin recrearse— para aterrizar en una frase que sostuvo todo el discurso: la fe no elimina la herida, pero cambia su sentido.

En su pregón, cargar no es un acto físico: es una forma de resistir. Y ahí dejó una idea clave para entender el costal: debajo se crea familia, se aprende a esperar, se aprende a seguir, se aprende a creer cuando todo aprieta.

 El silencio como protagonista: silencios que duelen, que gritan y que perdonan

Jessica fue hilando el pregón con el “silencio” como si fuera un personaje. Habló de silencios que se clavan y silencios que consuelan. Y colocó a la Virgen como la gran maestra de ese lenguaje: la fe también vive callada.

Ese tramo elevó el tono: la palabra se volvió oración. Y conectó con algo muy real en la Semana Santa de Baena: que muchas veces lo más fuerte no se dice, se siente.

 “A ti no te cargan, a ti te veneran”: cuando el cansancio se convierte en oración

Este fue uno de los momentos más redondos porque definió lo que muchos sienten y pocos explican. Jessica puso nombre a una verdad costalera: el peso no se lleva con los hombros, se lleva con el alma.

En ese tramo describió el avance lento, la chicotá que parece detener el tiempo, el instante en el que el costalero no quiere llegar a la puerta del templo porque siente que se le acaba la gloria. Narró la psicología del costal: ese deseo de prolongar lo sagrado.

“La levantá por la felicidad”: una Cuaresma con mensaje para la vida

Cuando dedicó una levantá “por la felicidad”, el pregón se abrió como un abrazo. Defendió una felicidad sencilla: la que está en lo pequeño, en la fe, en la calma que llega cuando crees que todo se rompe.

Fue un pasaje muy cercano, de los que conectan con cualquiera, aunque no sea cofrade. Porque

Viernes Santo: la noche negra, el Cristo de la Sangre y la Angustia como testimonio

En el tramo del Viernes Santo, Jessica se puso más narrativa: calle, noche, luto, paso lento. Presentó al Cristo de la Sangre como el símbolo del perdón que se paga caro, y a la Madre como la que sostiene ese dolor sin alardes.

Ese momento fue clave porque situó el pregón en el calendario real de la Semana Santa: lo llevó de la intimidad del templo a la solemnidad de la calle.

 La fecha que lo cerró todo: 1 de marzo de 2021 / 1 de marzo de 2026

El cierre fue de los que dejan un silencio largo. Jessica vinculó la fecha del pregón con la del duelo. Y en esa “casualidad hermosa” sostuvo una tesis final: hay encuentros que no son azar, hay regresos que curan, aunque duelan.

Ahí el pregón se convirtió en un círculo perfecto: la iglesia como punto de partida, de despedida y de regreso. La fe como hilo. Y la Virgen como destino.