miércoles, julio 29, 2026
BBaenaHoyLa Opinión de los lectores

ESPAÑA: Decadencia por acumulación

España no se está rompiendo de golpe. Se está desgastando en silencio. Y todo por años tolerando lo intolerable.

Se nos pidió paciencia mientras todo empeoraba.

Responsabilidad mientras otros vivían sin consecuencias.

Confianza mientras las instituciones se vaciaban por dentro.

Dijeron que si necesitábamos ayuda, que la pidiéramos.

Pagamos más. Recibimos menos.

Y, tras años de decepciones sin respuesta, el silencio se volvió costumbre.

Callamos ante la mediocridad convertida en norma. Ante la incompetencia de la clase política sin dimisiones. Ante los privilegios blindados mientras al ciudadano se le exige sacrificio constante.

Nos dijeron que aguantáramos, que todo estaba bajo control. Pero la verdad es otra.

Un país no se empobrece solo en lo económico. Se empobrece cuando la política deja de servir y empieza a servirse. Cuando la gestión se vuelve propaganda. Cuando la responsabilidad desaparece y nadie responde por nada.

El COVID, La Palma, Valencia, y ahora, tristemente Adamuz. 0 responsabilidad, pero un buen reportaje fotográfico.

Se empobrece cuando la vivienda deja de ser un derecho accesible. Cuando el trabajo no garantiza estabilidad. Cuando emprender se castiga con inspecciones e impuestos. Cuando la seguridad, las infraestructuras y los servicios públicos se deterioran sin asumir culpas.

Y, aun así, lo más grave no son sus actos. Es que han convertido la negligencia en costumbre. La decadencia no es solo política. Es que quien gobierna no rinde cuentas. Es que están utilizando su poder como refugio, no como responsabilidad. Es mirar y soltar mentiras mientras el país se desmorona.

Esto no va de bandos. Es cuestión de respeto y responsabilidad.

Va de recordar que gobernar no es ocupar un cargo, es asumir una responsabilidad y mejorar la vida de los ciudadanos. Y cuando se traiciona la responsabilidad una y otra vez, el silencio deja de protegernos y empieza a hablarnos de nuestra propia inacción.

Decir BASTA no es violencia.

Es un límite moral.

Es el momento exacto en el que un pueblo deja de agachar la cabeza.

Salir a la calle en paz no es radicalismo. Radical es destruir un país desde los despachos mientras se exige silencio a quienes lo sostienen.

Estar presentes no es ruido. Es recordar que el poder no manda sobre súbditos resignados, sino que responde ante ciudadanos despiertos.

España no necesita salvadores. Necesita responsabilidad.

Responsabilidad política en las instituciones y responsabilidad cívica en la calle.

Porque un país no se defiende solo metiendo una papeleta en una urna y volviendo a casa a callar durante años.

Un país se defiende cuando su gente se niega a seguir tragando lo que sabe que está mal.

El silencio prolongado no es prudencia. Es rendición.

Y si seguimos callados, si aceptamos lo inaceptable por comodidad o por miedo, entonces no podremos fingir sorpresa por el resultado.

Porque el problema no es un pueblo cansado. El problema es una clase política que usa nuestra paciencia para seguir haciendo lo que quiere y trata nuestro esfuerzo como rutina sin importancia.

Este país no está dormido. Está agotado.

Agotado de cumplir mientras otros incumplen.

Agotado de sostener lo que no se cuida.

Agotado de escuchar promesas donde debería haber responsabilidades.

La ciudadanía no ha fallado. Ha sido leal demasiado tiempo. Ha trabajado, ha pagado, ha esperado. Y lo ha hecho creyendo que alguien, en algún lugar, estaba a la altura del cargo.

Pero cuando el poder se acostumbra a no rendir cuentas, cuando la negligencia no tiene coste y la incompetencia se protege a sí misma, el silencio deja de ser calma y se transforma en un grito contenido.

Este no es un país rendido. Es un país al límite.

Y en ese límite, cuando ya no queda margen para aguantar más, cuando el cansancio pesa en los hombros y el futuro parece estrecharse, ocurre algo que no se puede legislar ni sofocar.

El pueblo sigue en pie. Golpeado. Cansado. Pero firme.

En pie quienes sostienen todo sin aparecer en los discursos.

En pie quienes han perdido la fe en promesas vacías, pero nunca en su dignidad.

En pie quienes cargan con la ausencia de sus seres queridos, arrancados por la mala gestión de aquellos que nos gobiernan.

En pie quienes no bus

En pie quienes no buscan privilegios, solo justicia. Solo respeto. Aún nos queda determinación. Una fuerza silenciosa que no se rinde. Un pueblo golpeado, exhausto, al límite… pero capaz de levantarse, mirar al frente y decir basta.

Firme. Imparable. Indomable. Porque mientras siga en pie, nadie podrá quebrarlo.

 

Antonio Ortíz Bujalance