Rafael Navarro Esquinas: «No quiero que escuchen mi pregón, quiero que oren conmigo ante la Virgen de Guadalupe»
Hay decisiones que necesitan días para madurar y otras que apenas requieren unos minutos para cambiarlo todo. A Rafael Navarro Esquinas le bastaron dos miradas.
Cuando José Miguel García, hermano mayor de la Cofradía de Nuestra Madre y Patrona la Virgen de Guadalupe, le propuso pronunciar la XV Exaltación, su primera respuesta fue negativa. No se veía preparado. Buscó argumentos en sus responsabilidades profesionales, pero detrás de aquella negativa había, sobre todo, una pregunta mucho más personal: si sería capaz de expresar públicamente algo que durante toda una vida había pertenecido a la intimidad de su familia y de su fe.
Minutos después cambió de opinión.
Ahora, a las puertas del domingo 30 de agosto, cuando ocupará el atril de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, aquella incertidumbre ha quedado atrás. «Ya lo vivo como un regalo bendito», asegura.
Maestro de Educación Primaria, especialista en Educación Física y con más de 27 años de experiencia docente, Rafael Navarro mantiene además una prolongada trayectoria cristiana y cofrade.
Pero el pregón que está a punto de pronunciar no pretende ser un recorrido por sus méritos ni por su trayectoria. Será, como él mismo reconoce, el pregón de una familia.
—Cuando le proponen ser exaltador, su primera respuesta es no. ¿Qué ocurrió para que cambiara de opinión en apenas unos minutos?
—Fue algo inesperado. Cuando recibes una propuesta que no esperas y que, además, conlleva una gran responsabilidad, lo primero que te preguntas es si estás preparado para acometer ese encargo. Yo creo que un pregonero no nace; el pregonero se va haciendo.
Cuando José Miguel me lo propuso, lo primero que me surgió fue decir que no. Los argumentos que le di, basados fundamentalmente en el trabajo, eran en realidad una justificación. En el fondo, yo no me veía capacitado para desarrollar un pregón.
El punto de inflexión llegó cuando crucé la mirada con la Virgen. Primero con la imagen que tenemos en la antesala de casa de mi madre y después con la Virgen que aparece en la vidriera de la parroquia. Fueron dos cruces de miradas que me hicieron cambiar de opinión.
Lo interpreté como si la Virgen me lo estuviera pidiendo. Si la Junta de Gobierno había pensado en mí, no era por ningún mérito personal, sino por esa devoción, ese amor, ese cariño y esa fe hacia la Virgen de Guadalupe que existe en mi familia.
José Miguel ya lo dijo cuando me presentó: no era tanto el pregón de Rafa Navarro como el pregón de una familia. Y así lo asumí.
Un legado que comenzó con su abuela Guadalupe
—¿Cuándo deja esa devoción de ser una tradición recibida de la familia y se convierte en una convicción propia?
—Es un proceso que hacemos casi inconscientemente. Cuando desde pequeño estás viviendo algo, vas siendo consciente poco a poco del amor que tienen otras personas y ese amor termina contagiándose.
Mi madre es un primer eslabón fundamental, pero antes que ella está mi abuela Guadalupe. Ahí nace el germen de esa devoción. Mi madre la recibió de mi abuela y mi abuela seguramente de mi bisabuela.
Uno de esos elementos que aparecen en mi vida es también el rezo del Santo Rosario en casa. Todo eso va construyendo una devoción hasta que llega un momento en el que eres consciente de que realmente quieres a la Virgen, de que le estás agradecido y de todo lo que le debes.
«En mi vida no ha habido una separación de la Virgen»
—¿Recuerda algún momento en el que dejara de acudir a Guadalupe por tradición familiar y comenzara a hacerlo porque realmente necesitaba estar delante de Ella?
—En mi caso no ha existido ese momento de separación. No quiero decir con eso que sea ningún santo. En la fe hay momentos en los que está mucho más latente y también existen baches espirituales.
Pero yo no he dejado de asistir a misa ni de visitar a la Virgen de Guadalupe desde pequeño. Aunque vivíamos en el Llanetillo y mi parroquia era San Bartolomé, seguía yendo a Guadalupe porque sentía que la Virgen era también nuestra Madre aquí en la tierra.
Puede haber momentos en los que no la sientas de la misma manera, pero sabes que está ahí.
—¿Y qué sucede cuando se le pide algo a la Virgen y aquello que pide no llega?
—Lo mismo que cuando le pides algo a tu madre y te dice que no. La Virgen sabe lo que necesitamos, que no siempre coincide con lo que queremos.
La fe no consiste en conseguir todo aquello que uno pide. La Virgen no es un mago ni es la lámpara mágica que concede todos nuestros deseos. Normalmente pedimos salud, bienestar o determinadas cosas que pensamos que necesitamos, pero no sabemos realmente si aquello que pedimos es lo que nos conviene.
Ahí también está la fe.
«Las personas que estén allí no solamente van a escucharme: van a orar conmigo»
La Exaltación que Rafael Navarro pronunciará el 30 de agosto estará construida precisamente alrededor de esa manera de entender la fe. El Santo Rosario se convierte en uno de sus referentes y las letanías aparecen como vehículo para ensalzar a la Virgen.
—Usted dijo desde el principio que quería que sus palabras se convirtieran en oración. ¿Dónde termina el pregón y comienza esa oración personal?
—Va todo intercalado. Yo agradezco a las personas que estén allí presentes porque no solamente van a escucharme, sino que van a orar conmigo.
No es una oración al uso. Mi pregón está contextualizado en el Santo Rosario y hago mucha referencia a algunas de sus letanías para ensalzar la figura de la Virgen.
Para mí, orar es hablar. No es únicamente recitar una oración escrita. Y lo que hago en el pregón es hablar con la Virgen desde mis vivencias.
Comienza con mi nacimiento, no solo con el nacimiento biológico, sino también con el nacimiento de la fe, con aquel primer día de vida en el que fui presentado a la Virgen, y llega hasta hoy.
Aparecen momentos que me han marcado: recuerdos que me ha contado mi madre de mi abuela y de mi tío, mi tía Carmen durante los ensayos y preparativos de la serenata, aquellos rosarios en la calle que don Salvador hacía en el Llanetillo… Son momentos que, en definitiva, también son oraciones porque en todos ellos se habla con la Virgen.
Un pregón de vivencias, no una lección de historia
—Después de catorce exaltaciones anteriores, ¿ha sentido la necesidad de buscar algo diferente para evitar repetir lo que otros pregoneros ya han contado?
—Desconozco los demás pregones. No los he leído buscando referencias porque considero que los pregones son muy particulares y están basados en vivencias personales.
Un pregón no debe ser una imitación de otro.
El hilo conductor de mi pregón es precisamente la fe y la devoción. Incluso en la carpeta que voy a llevar el domingo he puesto una especie de lema: el legado de fe y devoción hacia la Virgen de Guadalupe de una familia.
En el mío aparecen personas, familiares y no familiares, que han marcado mi historia alrededor de la Virgen. Hay alguna pincelada histórica sobre la llegada de la imagen de Guadalupe, pero no quiero que sea una homilía ni una clase de historia.
Es una historia personal y familiar. Aparecen desde mi abuela y mi madre hasta sacerdotes y predicadores que me han marcado a través de las novenas o de sus homilías.
De una palabra a un pregón de 55 minutos
El proceso creativo comenzó con una sola palabra: fe.
Rafael Navarro buscó el significado de «pregonar» poco después de aceptar el encargo y encontró una acepción con la que decidió quedarse: «proclamación de fe». Aquello terminó convirtiéndose en la columna vertebral del texto.
Desde febrero hasta finales de mayo fue construyendo el pregón a partir de pequeñas ideas que anotaba a cualquier hora: mientras corría, durante sus desplazamientos a Córdoba, escuchando una homilía, en clase o en momentos de soledad. Después las desarrollaba frente al ordenador y buscaba la forma de enlazarlas. El resultado final ronda los 55 minutos.
—¿Ha habido momentos en los que la emoción le haya obligado a detenerse mientras escribía?
—El pregón ha sido un proceso. Ha habido momentos en los que me he sentido más inspirado y otros en los que he estado semanas sin tocarlo.
Las ideas me iban llegando y las anotaba. Cuando después me sentaba delante de la pantalla, las desarrollaba y buscaba cómo unirlas manteniendo siempre ese hilo conductor de la fe.
Cuando terminé y vi el resultado pensé que la Virgen de Guadalupe me había ido ayudando, poniendo palabras, enlazando y trayéndome ideas.
Estoy satisfecho, pero no porque piense que haya quedado un pregón vistoso o bonito, sino porque he conseguido recoger aquello que quería transmitir.
Un pregón familiar en el que las personas y la música también tendrán su significado
Ha explicado que será un pregón construido desde sus vivencias y con la fe como hilo conductor. Sin desvelar demasiado, ¿cómo ha planteado su estructura y qué elementos acompañarán ese recorrido?
—Todo parte de esa idea de proclamación de fe y de las vivencias que he tenido alrededor de la Virgen de Guadalupe. El pregón comienza con mi nacimiento, no solamente el biológico, sino también con ese nacimiento a la fe desde el primer día de vida, cuando fui presentado a la Virgen, y desde ahí va recorriendo distintos momentos que me han marcado.
Está contextualizado en el Santo Rosario y hago referencia a algunas de sus letanías porque, tratándose de una exaltación de gloria a la Virgen de Guadalupe, creo que son una de las mejores formas de ensalzar su figura.
Pero también aparecen las personas que han formado parte de ese camino. Desde mi abuela Guadalupe y mi madre hasta familiares, sacerdotes, predicadores y otras personas que, de una manera u otra, han influido en mi forma de vivir la devoción hacia la Virgen.
Por eso tampoco ha sido casual que haya elegido para presentarme a Sor María Luisa, directora titular de nuestro colegio y Hija de la Caridad. Es una persona que ha entregado su vida al servicio de los demás y a la Virgen. Además, es de Baena. Ha dejado su tierra y su familia para dedicar su vida a servir y para mí representa precisamente esos valores de entrega, servicio y fe que también están presentes en el pregón. Quería que fuera ella quien me presentara y su elección tiene ese significado.
Y habrá también música. Mi sobrina Ana me acompañará con el violín en tres momentos del pregón: al principio, en una parte intermedia y al final, con unas piezas breves. Es algo que decidí posteriormente, porque cuando terminé de escribir el pregón no había pensado todavía en incorporar el violín.
Quise hacerla partícipe porque este es, en buena medida, el pregón de una familia. Con Ana está también representada una nueva generación dentro de ese legado de devoción que viene desde mi abuela Guadalupe, pasa por mi madre y llega hasta nosotros.
Hay una frase que dice que donde las palabras no llegan, llega la música. Y pensé que su violín podía aportar precisamente eso. No se trata de introducir música simplemente como acompañamiento, sino de hacer presente también a esa generación que ha recibido lo que nosotros hemos vivido.
Al final, todo está relacionado. Las vivencias, las personas, el Rosario, las letanías y la música forman parte de una misma historia: cómo he vivido y recibido la fe y la devoción hacia la Virgen de Guadalupe dentro de mi familia y a lo largo de mi vida.
«La fe se transmite con hechos»
La condición de maestro de Rafael Navarro añade otra dimensión a su Exaltación. Después de casi tres décadas dedicado a enseñar, está acostumbrado a transmitir conocimientos delante de alumnos y familias. El domingo, sin embargo, la materia será diferente.
Hablará de sentimientos.
—Como docente y creyente, ¿qué estamos haciendo mal para que resulte cada vez más difícil transmitir la fe a los jóvenes?
—La fe se transmite con hechos.
Yo quitaría incluso la palabra «inculcar», porque puede sonar a imponer. La fe se transmite. En un colegio cristiano se transmiten valores, pero fundamentalmente hay que hacerlo con ejemplos vivientes.
Humildad, servicio, gratitud… Son valores que deben verse.
Seguir unos valores de fe conlleva también compromiso y sacrificio, y hoy el valor del sacrificio no está demasiado desarrollado en la sociedad. Vivimos con la inmediatez de querer tenerlo todo enseguida.
Además, mi fe nació en la familia y hoy no todas las familias transmiten esa fe. Es muy difícil que desde un colegio transmitamos unos valores si después en el ámbito familiar no se están viviendo.
Si tú no lo vives, por mucho que te lo cuenten, difícilmente vas a sentirlo como algo tuyo.
«Quiero que quienes estén allí reconozcan también sus propias vivencias»
Cuando se le pregunta qué espera realmente del domingo, Rafael Navarro no habla de aplausos ni de conseguir una determinada reacción emocional.
Su aspiración es mucho más sencilla: que quienes escuchen encuentren algo de sí mismos en lo que él cuente.
—Quiero que las personas que estén allí se sientan identificadas con esas vivencias. Que alguien pueda pensar: «Esto que está contando Rafa también lo viví yo con mis padres, en la parroquia, en el barrio o con mis vecinos».
—Quiero despertar esas vivencias que muchas personas han experimentado alrededor de la Virgen.
A estas alturas, la responsabilidad que inicialmente le llevó a rechazar el encargo ha quedado en segundo plano. Lo que permanece es el agradecimiento.
—Me siento afortunado de que se me haya dado esta oportunidad. Es un privilegio. La responsabilidad primaba al principio, pero eso ya se quedó atrás.
Ahora vivo el pregón como un regalo bendito. Es llevar ante la Virgen todo aquello que he guardado y guardo en el corazón y poder expresarlo.
El próximo domingo 30 de agosto, la XV Exaltación a Nuestra Madre y Patrona la Virgen de Guadalupe llevará así al atril algo más que la voz de Rafael Navarro Esquinas. Detrás estarán su abuela Guadalupe, su madre, sus hijos, su sobrina, los recuerdos del Llanetillo, los rosarios, las novenas, sacerdotes, maestros y una sucesión de vivencias que explican cómo una devoción recibida en la infancia puede terminar convertida en una elección personal.
La cita está prevista en la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe,12:30, escenario de una Exaltación que alcanza este año su decimoquinta edición.
Y quizá ahí esté la mejor definición de lo que Rafael Navarro quiere hacer ante la Patrona: no contar simplemente su historia, sino convertir la historia de una familia en una oración compartida.
