martes, julio 28, 2026
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Los tambores centenarios, como cada año, rompen el silencio de la noche del Miércoles Santo

Todavía de noche, antes de que cante el gallo, Baena despierta envuelta en un estruendo metálico. Cientos de tambores rompen el silencio de la madrugada del Miércoles Santo, en un rito centenario conocido como “echar las cajas”. Los judíos coliblancos y colinegros toman las calles del casco histórico. En cuanto el reloj marca la hora señalada, las callejas se convierten en un mar de redobles, color y emoción que anuncia que ha comenzado la Semana Santa de Baena.

Ataviados con sus chaquetas rojas, cascos dorados y plumeros multicolor, los judíos, inician su recorrido sin un itinerario cerrado, a pesar de que muchos grupos si repinten una misma ruta año tras año.

Sin protocolos, los judíos se cruzan, se mezclan, se retan en redobles improvisados que resuenan por todo el pueblo. El barrio de la Almedina de Baena es paso obligado donde acompañar al amanecer al compás de sus tambores con la vista a los inmensos olivares que dan la bienvenida al día.

Familias enteras tocan juntas, manteniendo vivo un legado que pasa de generación en generación. Hay niños pequeños que apenas levantan el tambor del suelo y abuelos que llevan toda una vida tocándolo. Aquí no se ensaya: se nace sabiendo, como quien aprende a hablar, cada uno sabe cuál es su lugar.

Sin un orden fijo ni desfile formal, las dos “colas” se entremezclan libremente, generando escenas espontáneas de singular belleza que atrapan a vecinos y visitantes. Muchos se detienen en las esquinas, envueltos en el estruendo y el colorido, aparcando la rutina por unas horas para sumarse a este espectáculo centenario.

Más allá de la devoción religiosa, el Miércoles Santo en Baena se vive como una fiesta comunitaria y cultural. Las cuadrillas de tamborileros hacen una pausa para compartir café, alguna copa de anís y los típicos dulces de Semana Santa. Los bares sirven de refugio para hacer una parada a un día que se promete ilusionante y largo. El tambor aquí no solo marca el compás de la Semana Santa, sino también el latido de un pueblo que se reencuentra.

Cuando por fin el día avanza y las procesiones oficiales están por comenzar, los judíos aminoraran sus toques para dar paso a la solemnidad de los cortejos procesionales.