Y pasó Halloween

Lola Ruiz Arrebola
Si pudiéramos plasmar cuantitativamente el seguimiento que la población de Baena y alrededores hace de la fiesta de Halloween, sin duda podríamos afirmar que la gráfica tiene una progresión geométrica creciente. Cada vez son más las personas que se disfrazan y acuden masivamente a las diferentes fiestas que se realizan en la localidad. A dichas fiestas públicas habría que sumarle decenas de quedadas en el ámbito particular para la celebración de la fiesta. Además, añadir también iniciativas particulares encaminadas a compartirla con el resto de la ciudadanía, como el “performance” de Santa Marina o el cementerio Pacagarse de Pedro Muñoz. Sin duda la fiesta sigue en aumento año tras año en Baena.
Frente a esta realidad, aún hay una parte de la población que se resiste a Halloween alegando invasión cultural norteamericana. En esta ocasión, conmigo que no cuenten para denigrar dicha celebración. Vivimos en un mundo globalizado y, al igual que nos informan en directo de lo que ocurre al otro lado del mundo, es cierto que también las costumbres y tradiciones viajan de un lugar a otro de forma rápida, tanto en un sentido como en el otro. Incluso me atrevería a afirmar que todas las argumentaciones que este pequeño sector hace en contra de la fiesta se pueden desmontar fácilmente. Desde diferentes medios de comunicación ya se profundiza en este aspecto bajo titulares del tipo “Halloween no es una tradición yanqui: se celebra en Europa desde hace siglos”. Además, Halloween significa “víspera de Todos los Santos”, haciendo referencia, y sin interferir, a una fiesta propia del calendario cristiano, la fiesta de Todos los Santos del 1 de noviembre.
Respecto a que Halloween no es un invento norteamericano es algo fácilmente demostrable. Y también es fácilmente demostrable que casi todas las fiestas de connotación cristiana que hoy día tenemos tuvieron su origen en la usurpación de otras fiestas paganas que se celebraban ampliamente por parte de la población de la época. Desde antaño, se solía quedar a comer dulces y castañas asadas y se las ofrecían a los muertos al visitar sus tumbas en los cementerios, para que descansasen en paz y no atormentasen a los vivos. Las “calaveras de ánimas” o las “santas compañas”, entre otras muchas leyendas y tradiciones, nunca han dejado de estar presentes en algunos lugares de la España más rural. En cualquier caso, lo importante es reconocer que la escenificación de ese encuentro de los vivos con los muertos en un ambiente festivo es totalmente compatible con nuestras propias tradiciones e incluso con la celebración cristiana de dicha festividad.
He de reconocer que lo ideal es compatibilizar dicha fiesta con esas otras muchas tradiciones que podemos seguir conservando, ya sean las castañas asadas o los farolillos de sandías o melones tallados, aunque tampoco tengo nada en contra de las calabazas. Y esto en nada afecta a que continuemos acudiendo a los cementerios a limpiar y engalanar las tumbas de nuestros difuntos.
Sin embargo, con respecto a otras tradiciones, por muy nuestras que sean, no veo la necesidad de seguir manteniéndolas si no nos aportan nada. Un ejemplo de ello son las representaciones teatrales de Don Juan Tenorio, que, bajo una temática desprovista de valores, poco tiene que aportar a la sociedad del siglo XXI que queremos construir, más allá del mero fomento del teatro o estudio de una parte de la historia de la literatura española.
Por todo ello, guardemos los disfraces terroríficos, telarañas, murciélagos y brujas como decoración, porque sin duda que el año próximo los volveremos a utilizar, con las mismas o más ganas, para disfrutar de la fiesta.

