En una noche gélida que contrastó con el calor humano del patio de butacas, el Ateneo de Baena celebró la segunda edición de sus premios con una ceremonia que fue mucho más que una entrega de reconocimientos: fue una declaración de principios. El Teatro Liceo acogió un acto que defendió la cultura no como ornamento, sino como herramienta de transformación social, identidad y proyección exterior.
La velada arrancó con música para templar el ambiente y el ánimo. Las interpretaciones iniciales a cargo de Juanjo Monroy y María Calvo, sirvieron de antesala a un discurso inaugural del presidente del Ateneo, José Antonio Santano, que puso el acento en la dimensión comunitaria de los premios: “No son solo trayectorias individuales; son el reflejo de un pueblo que se proyecta hacia fuera, ya con alcance nacional e internacional”. Una idea que atravesó toda la noche como un hilo conductor.
Cultura vivida, no celebrada
Santano agradeció el respaldo institucional y recordó a quienes no pudieron estar por motivos de salud, al tiempo que subrayó el valor simbólico de las estatuillas creadas por Paco Ariza. El mensaje fue claro y reiterado: la cultura se vive. Y se vive desde la literatura, las artes escénicas, la música, las humanidades y también desde las ciencias, sin olvidar la dimensión ética y solidaria que las sostiene.
Premio de la Ciencia: custodiar la memoria para que no se pierda
“Era mi trabajo, pero también era mi pasión.”
Y dejó un mensaje que sonó a aviso y a promesa: la historia local no puede “dormir el sueño del olvido”. Pidió implicación institucional y cultural para proteger el archivo histórico y garantizarlo “para las generaciones venideras”.
Premio de Teatro: cultura no es apariencia, es constancia
El Premio de Teatro reconoció a Cristóbal Pérez Jorge, alma de la escena local y de la Escuela Municipal de Teatro. Su discurso fue de los que se recuerdan porque no se limita a agradecer: interpela. Con la emoción visible, defendió que la cultura no se sostiene con gestos ni con discursos de escaparate:
“El teatro de verdad no es apariencia, es constancia.”
Y lanzó una frase que arrancó asentimientos en la sala: “Abandonar nunca fue una opción.”
Además, puso el foco en una idea delicada y muy actual: democratizar no significa devaluar. “Pagar una entrada no es excluir, sino reconocer”, dijo, reclamando dignidad para quienes crean desde abajo y recordando que sin respeto al trabajo cultural no hay futuro.
Premio de las Artes: volver a casa con la vida en imágenes
El Premio de las Artes fue para Antonio Galisteo, realizador y director de fotografía con una carrera internacional que lo ha llevado a rodar en decenas de países. Su agradecimiento fue un regreso emocional a los orígenes, con nervios, humor y memoria. Confesó que el reconocimiento le removió por dentro:
“Este premio me ha desbloqueado un montón de recuerdos.”
“Es un trabajo extremadamente duro… lo más cercano que hay a un secuestro.”
Dedicó el premio a su familia, a quienes le enseñaron en los medios locales y a su madre, presente en una noche que, para él, tuvo sabor de reencuentro.
Premio a la Música: el valor de que te reconozcan los tuyos
El Premio a la Música recayó en Juanjo Monroy Cañero, guitarrista y docente, figura clave en la enseñanza musical. Con humildad —y sin buscar solemnidades— dejó una frase que tocó la fibra de cualquier artista que haya salido de su tierra:
“Agradezco mucho el reconocimiento de los míos… de la gente de tu pueblo.”
Reconoció el apoyo de entidades culturales locales y dejó claro que estas distinciones también hablan de comunidad: cuando un pueblo cuida a sus creadores, se cuida a sí mismo.
Premio de las Letras: una ventana a Baena desde el pensamiento
El cierre llegó con el Premio de las Letras (Ensayo) para Remedios Zafra, reconocida a nivel nacional por su obra El informe. Su intervención fue pura emoción serena. Puso en valor la función de los ateneos como espacios donde “germinan cosas” y agradeció, con especial intensidad, a profesores y familia. Se detuvo en una idea que atravesó su discurso como una luz cálida:
“La deuda eterna que tenemos con los maestros y profesores… es algo muy importante.”
“Su apoyo vino en forma de respeto, de confianza… esa que me ha hecho ser una persona libre.”
Cerró con una imagen preciosa, casi literaria: la habitación desde la que escribe tiene “una ventanita que da justamente a Baena”, y desde ahora mirará esa ventana “con una emoción especial”.
Un final que dejó claro lo esencial
Tras el himno de Baena y la foto de familia, quedó flotando una certeza: la cultura no se improvisa, se construye. Y en esta segunda edición, el Ateneo no solo premió trayectorias: puso en escena el orgullo de pertenecer. En una noche de frío exterior, Baena confirmó que su mejor abrigo sigue siendo el mismo: la cultura vivida, compartida y defendida entre todos.