
El pasado domingo día 17 de mayo, con mayor o menor pragmatismo, los andaluces decidimos apostar por los servicios públicos, faltaría más, pero lejos de las manos de quienes en campaña electoral se jactaron de pregonarlos día tras día; porque a saber si realmente lo hicieron con compromiso, o una vez más de boquilla.
La experiencia es un grado, y también la mala experiencia. Todavía nos resentimos de los primeros giros express del sanchismo, entre otros la artimaña de cómo de un día para otro lo inconstitucional es constitucional; y por mucho que nos lo hayan pretendido vender como un cambio de opinión, eso, en nuestra tierra, con o sin acento andaluz, es un embuste en toda regla.
El resultado de los comicios mereció tantos titulares como la imaginación diera de sí, por ejemplo: “Victoria del sentido común con la fuerza de Andalucía”. En contraposición, como viene siendo costumbre cuando se quedan sin recursos, a los activistas del sanchismo más inconformistas les faltó tiempo para echar mano del neurótico comodín, que no es otro que infundir miedo sea como sea: Que si vuelta al franquismo, que si recortes, que si precariedad, que si deshumanización, que si pseudomedios, que si bulos, que si fachas con toga… En fin, la misma bomba cuentista de siempre, aunque cada vez, afortunadamente, con menos fuerza persuasiva.
En realidad, la cuestión era elegir entre un suculento y surtido lote: Derechos y oportunidades tintados con políticas bolivarianas, fantasmagóricas maletas Delcy, festín de privilegios independentistas, secretarios de organización imputados, presuntas turbias tramas de espionaje, de hidrocarburos, de rescates…, incluso como colofón, hasta “sobrinas” a tutiplén de gañote. Así que semejante cesta de progreso, o todo lo demás. Y por mucho que el señor Zapatero se haya entretenido en ir proclamando la virtud de “tener muy poco para dar mucho” como una seña de identidad personal y del sanchismo; los andaluces decidimos, con toda la fuerza de Andalucía y con sentido común, apostar por todo lo demás.