Nos queda la palabra
José Antonio Santano
Siempre se ha dicho que la fiesta de la democracia tiene lugar cada vez que los ciudadanos ejercemos nuestro derecho al voto, cada vez que, libremente, elegimos una papeleta y la depositamos en la urna preparada a tal efecto. Es decir, desde el preciso instante que se convocan unas elecciones, sean locales, autonómicas o generales. Nuestro voto es decisivo para el desarrollo integral de la comunidad de que se trate, y este ha de ser valorado en su exacta medida, con responsabilidad, analizando minuciosamente la labora de quienes nos gobiernan, también de quienes ejercen la oposición.
Nuestro deber como ciudadanos es elegir bien, elegir con libertad (y no precisamente “De cervecitas”) según programas y propuestas y no por la propaganda superficial y sin contenido: ni el más guapo o guapa, ni el mejor vestido, sino por el contenido del discurso, que debe ser honesto y transparente, de máximo respeto al adversario político, pero sujeto a la verdad y el ideario de cada formación política. No todo vale, en absoluto. No al bulo, al insulto y la desconsideración, tampoco al odio. Todo lo que incida en este camino de desorden y permisividad a la hora de comunicarlo al electorado es un paso atrás en la revalidación de los derechos adquiridos, a la hora de crear una verdadera sociedad basada en el bienestar de todos los ciudadanos, con una sanidad y educación públicas para todos, permitiendo así un mejor acceso a la vivienda, al trabajo y la cultura.
Por eso, cuando uno escucha determinados eslóganes, comentarios basados en el desprecio al diferente; cuando todo se sustenta en el poder del dinero para que una buena parte de la sociedad no puede recibir las prestaciones que todo Estado democrático que se precie debe proporcionara a todos los ciudadanos, que a su vez deben de aportar según sus ingresos en forma de impuestos –el que más tenga más que el que menos–, cuando esto sucede, digo, habría que pensar que algo estamos haciendo mal, posiblemente, porque hemos olvidado nuestro propia historia, que no es sino la memoria. Relativo a este asunto, viene a cuento resaltar aquí el comentario que la periodista Nieves Concostrina realizaba días atrás en el programa “La Ventana”, de la cadena SER, respecto a la hambruna en España, y lo hacía recomendando el libro La hambruna española, de Miguel Ángel del Arco.
Dijo Concostrina, con rotundidad, que hablar de Franco suponía hablar de hambre y muerte, algo que nuestros adolescentes no conocieron y que, al parecer, los padres y abuelos han olvidado; por eso con Franco no se vivía mejor, y por eso se admitía la violencia en los hogares, en la escuela, también con las cartillas de racionamiento, que es otro tipo de violencia, esa que crea un miedo atroz y condena al ser humano a la más terrible de las humillaciones. Y añadía: «El 14 de mayo de 1939 nacieron las cartillas de racionamiento, porque esta gente de ultraderecha, primero nos trajeron la guerra y el horror, y luego trajeron el hambre. Aquel racionamiento solo puso los cimientos de un entramado de corrupción falangista, franquista y eclesiástica, y destaco lo mala gente que eran estos franquistas contando un detalle: solo 10 días después de que se diera la guerra por terminada, el periodista Francisco Casares, muy emocionado, anunciaba por radio: desaparece la cartilla de racionamiento, esa seña infame del periodo rojo, vestigio de socialización». El hambre –continúa diciendo la periodista– era el arma política de Franco, el hambre aseguraba el control de la población, aunque rezara por aquel tiempo ese falso eslogan franquista de: «Ni un hogar sin lumbre ni un español sin pan». El hambre se convirtió en la “prioridad nacional” franquista y Franco en un Robin Hood al revés, porque robaba a los pobres para dárselo a los ricos que sustrajeron y se apoderaron de importantes remesas de alimentos cuando no traficaban con ellas para su propio lucro.
Es curioso, esta “prioridad nacional” que ahora enarbolan el PP y Vox es la misma que la de antaño, porque la prioridad para los nuevos franquistas no son los españoles, claro que no, sino ellos mismos y sus españoles, los que los siguen. No dejemos que consignas obsoletas, que solo crean las condiciones favorables para crear violencia y odio, se instalen en el seno de nuestra sociedad, que nunca volvamos a enfrentarnos con el hermano, amigo, vecino o inmigrante (fueron muchos los españoles que tuvieron que emigrar a Francia, Alemania o Suiza, incluso de una región española a otra durante el franquismo, ese régimen dictatorial que todavía defienden algunos).
Digamos, para concluir este comentario, que la única “prioridad nacional” que debe existir en nuestra mente es la de la defensa a ultranza de los derechos humanos, es decir, la prioridad humana, sin distinción alguna.