La novena edición del Pregón Infantil no fue solo una cita más en el calendario de la Cuaresma. Fue una declaración de principios. Desde el altar de Santa María la Mayor, José María Vacas Rodríguez, “Pepe Vacas”, ofreció un mensaje claro, coherente y profundamente vivido: la Semana Santa no se aprende, se hereda; no se mira, se camina; no se toca solo con las manos, se reza también con el corazón… y con el tambor.
Ante un templo lleno de autoridades, cofradías y cuadrillas, el joven pregonero demostró que la edad no limita la hondura del mensaje cuando la fe se vive desde la raíz.
La Semana Santa empieza mucho antes de salir a la calle
Para el pregonero, la fe se educa en lo cotidiano y la tradición se transmite con gestos sencillos, repetidos año tras año.
El tambor como oración y seña de identidad
Pepe defendió con firmeza una idea que atravesó todo su discurso: el tambor no es solo música, es oración. Especialmente en el Miércoles Santo, cuando el pueblo “amanece antes que ningún otro día”, el joven explicó cómo salir a “echar las cajas” es también una escuela de vida, donde se aprende escuchando a los mayores y absorbiendo la esencia de la tradición en la calle.
Reivindicó la figura del judío cofrade como aquel que “reza tocando”, convirtiendo el redoble en lenguaje espiritual y colectivo.
Domingo de Ramos: la infancia como origen de todo
El Domingo de Ramos ocupó un lugar especialmente íntimo en el pregón. Para Pepe, no es solo el inicio litúrgico, sino el día que enciende la ilusión del pueblo. Describió la salida desde Santa María la Mayor, los niños con palmas y olivos y la entrada triunfal de Jesús, sabiendo ya lo que le espera.
Uno de los momentos más emotivos llegó al recordar su primer Domingo de Ramos vestido de judío coliblanco: el casco de cartón dorado hecho por su padre, los liñuelos heredados de la familia, el plumero prestado y el tambor que marcó un antes y un después. “Aquello que ya jamás pude dejar atrás”, confesó.
Unidad frente al enfrentamiento
Su mensaje fue rotundo: bajo el mismo redoble, las dos colas laten como un solo corazón. Una llamada a la convivencia, al respeto y a la identidad compartida.
Jueves Santo: entender lo que se celebra
Otra de las ideas fuerza del pregón fue la importancia de comprender el sentido de los cultos. Pepe explicó cómo en su casa el Jueves Santo se vive con especial solemnidad: confesiones, Santos Oficios, lavatorio, Eucaristía y custodia del Sagrario.
No habló de costumbre, sino de formación. De aprender por qué se celebra lo que se celebra. De entender la fe para poder vivirla con coherencia.
Viernes Santo: el silencio que también habla
El Viernes Santo fue descrito como el día en que el silencio “se ve”. Para el pregonero, no es ausencia de sonido, sino una presencia que acompaña el roce de cadenas, el golpe grave de la tambora y el caminar contenido de los hermanos.
Ante Nuestro Padre Jesús Nazareno, la Verónica, San Juan y la Virgen de los Dolores, Pepe expresó una fe sencilla y directa: no hacen falta grandes palabras ni largos rezos; basta con mirar al Señor y decirle “aquí me tienes”.
“Vamos lentos porque no queremos que llegue esta noche”, así vive el joven cofrade la tarde noche del viernes santo. El toque de calle se transforma en redoble lento yendo el paso. No es casualidad: el ritmo se adapta al sentimiento. Vacas deja claro que el Viernes Santo nocturno no se desea con impaciencia; se afronta con respeto.
“El campanario de Guadalupe suena con tristeza. El cielo púrpura anticipa lo inevitable. El bullicio de la plaza calla cuando crujen las puertas del templo y aparece el gallardete. La escena está medida, contenida, casi suspendida en el aire”.
Pepe entrelaza sin ruptura el texto evangélico —“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”— con las imágenes procesionales: el Cristo de la Sangre sobre claveles rojos, las siete palabras elevadas por cirios, la centuria romana marcando el paso.
El tramo final es el más íntimo. La llegada de la Soledad no es solo un cierre procesional; es una reflexión existencial. Pepe lanza una pregunta que atraviesa el pregón: “¿O eres tú quien nos consuela?”
La Virgen no aparece como símbolo de abandono, sino como refugio. “Soledad sería no tenerte”, afirma.
La Resurrección: cuando el tambor suena a vida
El pregón culminó con la Resurrección, presentada como el momento en que todo cambia. Las campanas repican, las puertas se abren “como la piedra del sepulcro” y el tambor deja de sonar a muerte para sonar a victoria.
Pepe lanzó una interpelación directa a los cofrades: no buscar entre los muertos al que vive, creer sin necesidad de ver y confiar. La Resurrección, en su mensaje, es luz compartida y latido colectivo.
Familia, fe y futuro
El cierre del pregón fue una entrega personal. Pepe Vacas habló como hijo, agradeciendo a sus padres y a su familia haberle enseñado a amar la fe y la tradición desde pequeño. Reconoció que bajo el manto de la Virgen fue bautizado, creció y aprendió a caminar como cofrade.
“En tus manos dejo mis sueños de niño, mi fe pequeña, mis pasos, el tambor y esta voz que hoy te reza”. Con esas palabras, el joven pregonero no solo cerró su intervención: confirmó que el futuro de la Semana Santa ya está presente, construido desde la autenticidad, la educación y la vivencia real de la fe.