Nos queda la palabra
José Antonio Santano
Sugiere este comentario -será el primero de una serie- las diferentes actitudes que pueden adoptar las personas, los grupos o entidades ante una misma cuestión o tema. Me explico. En mi anterior artículo, Premiar la cultura, publicado en este mismo medio el pasado 24 de enero, agradecía, como presidente del Ateneo de Baena, la ayuda prestada principalmente por la Fundación Caja Rural de Baena para llevar a cabo la primera entrega de los Premios Ateneo de Baena, al hacer posible la entrega de cinco magníficas libélulas en acero inoxidable realizadas por el artista baenense Francisco Ariza de la Rosa, en recuerdo a su padre, Paco Ariza, concedidas en reconocimiento a la trayectoria artística, musical o científica de baenenses o no, como el profesor de Lengua y Literatura española Juan Naveros (Ateneísta de Honor), el baenense catedrático del Departamento de Química Orgánica de la Universidad de Córdoba, José Rafael Ruiz Arrebola (Ateneo de las Ciencias), descubridor junto a su equipo del vino más antiguo del mundo; el también profesor, traductor y poeta Jesús L. Serrano Reyes (Ateneo de las Letras); el artista baenense Paco Ariza (Ateneo de las Artes a título póstumo) y la violinista baenense, afincada en Boston (EE.UU), Ángela Varo (Ateneo de la Música). Algunos meses después y tras la solicitud de la misma ayuda para este año, la Fundación Caja Rural de Baena, ha decidido denegar, sin más, dicho apoyo, provocando así una situación complicada para llevar a cabo este acto de reconocimiento a baenenses de reconocido prestigio en el ámbito de las Ciencias, de las Artes y la Música, en definitiva, de la Cultura. La iniciativa ateneísta que había servido para estimular y enaltecer el esfuerzo, la dedicación y la creatividad, es decir, el saber humano en todas sus manifestaciones, en esta ocasión, ha sido desatendida, por decirlo de otra manera, ha cambiado el criterio, que pasa a un plano más conceptual, más ideológico.

Esta situación viene a poner de manifiesto determinadas carencias de la sociedad baenense, no solo en el aspecto social y cultural, sino también en la proyección de unas políticas cuyo principal objetivo debería consistir en crear las condiciones necesarias para que la cultura sea el objetivo “per se” y el pilar fundamental donde se asiente una verdadera sociedad de progreso que pretenda una adecuada transformación de la sociedad actual, por desgracia más atenta a estrategias de mercadeo político, religioso, social o económico, permitiendo de esta forma una mayor propagación del capitalismo feroz al que estamos sometidos.
Aun respetando, como así ha de ser y se viene haciendo, la toma de decisiones de entidades privadas o instituciones públicas, se precisa una reflexión profunda sobre la “utilidad” de lo que esas mismas entidades de manera corporativa consideran vacuo o “inútil”, y que comporta un error evidente al desconsiderar o silenciar propuestas que representan el mundo de las ideas y el pensamiento, de las artes, de las humanidades, a fin de cuentas. En este sentido, escribe Nucio Ordine en las páginas introductorias de su libro La utilidad de lo inútil, cuya lectura recomiendo encarecidamente: «Entre tantas incertidumbres, con todo, una cosa es cierta: si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la terea de hacer más humana la humanidad…».
Muchas veces me pregunto: ¿hacia dónde camina esta sociedad distraída y egocéntrica, incapaz de mostrar empatía alguna por cuestiones tan sobresalientes como la investigación, las artes, la música o la creación, conectadas al más claro y esencial humanismo? La respuesta nos la vuelve a dar Ordine cuando escribe: «No tenemos, pues, conciencia de que la literatura y los saberes humanísticos, la cultura y la enseñanza constituyen en líquido amniótico ideal en el que las ideas de democracia, libertad, justicia, laicidad, igualdad, derecho a la crítica, tolerancia, solidaridad, bien común, pueden experimentar un vigoroso desarrollo».
Se quiera o no, como bien dice el poeta Basilio Sánchez: «La cultura, que es indisociable de la conciencia ética, es la que impulsa, con la ayuda del silencio creador, las grandes transformaciones de la humanidad. El resto es griterío que se disuelve en nada».
Por ello, quizá aquella otra conciencia enraizada en el concepto populista de la política sea la que ahora, incomprensible y negligentemente, se está asentando en nuestra sociedad de forma harto peligrosa, hecho que nos recuerda al gran poeta romano Juvenal, cuando refiriéndose a la “política de distraer a las masas con alimentos y entretenimiento”, acuñó la frase “Panem et circenses”, es decir, “Pan y circo”, para el pueblo, para mantenerlo así tranquilo y desatento de sus derechos fundamentales y otras cuestiones cotidianas, no menos importantes, para su desarrollo integral como colectividad.