Los silencios del miedo
Nos queda la palabra

José Antonio Santano
Hubo una época en España en la cual el silencio se impuso como única salida al miedo. El miedo habitó la mayoría de los hogares, porque hasta las paredes oían, de tal manera que aquella obligada mudez fue la consecuencia lógica de ese aterrador miedo a «ser» y «decir», sí, a hablar, a expresar las ideas y percepciones de la realidad, a pensar de manera diferente al “otro” por temor a ser privados de libertad. En nuestros días llama la atención que quienes más hablan de “libertad”, son precisamente los que desearían privarnos de ella. Y no especulo. Sólo hay que informarse, acudir a las hemerotecas, ver la televisión o escuchar la radio para comprobar que lo afirmado en líneas precedentes es una verdad categórica. Durante la dictadura franquista solo hubo libertad y privilegios para los partidarios del régimen, para el resto de ciudadanos, solo represión y castigo. Desgraciadamente el respeto al diferente brilla por su ausencia, de tal manera que advertimos cómo se ha instalado en el seno de nuestra sociedad, y, en aumento entre los más jóvenes, un extraño e irracional estilo de vida, más cercano a la animadversión que a la empatía. En este sentido, Byung-Chul Han, Premio Princesa de Asturias 2025 de la Comunicación y Humanidades, ha resaltado en su discurso: «Últimamente he reflexionado mucho sobre la creciente pérdida de respeto en nuestra sociedad. Hoy en día, en cuanto alguien tiene una opinión diferente a la nuestra, lo declaramos enemigo. […] La democracia se fundamenta en lo que en francés se llama “moeurs”, es decir, la moral y las virtudes de los ciudadanos, como son el civismo, la responsabilidad, la confianza, la amistad y el respeto. No hay lazo social más fuerte que el respeto. Sin moeurs, la democracia se vacía de contenido y se reduce a mero aparato. Incluso las elecciones degeneran en un ritual vacío cuando faltan estas virtudes. La política se reduce entonces a luchas por el poder. Los parlamentos se convierten en escenarios para la autopromoción de los políticos. Y el neoliberalismo ha creado ya una gran cantidad de perdedores. La brecha social entre ricos y pobres se sigue agrandando cada vez más. El miedo a hundirse socialmente afecta ya a la clase media. Precisamente estos temores son los que lanzan a la gente hacia los brazos de autócratas y populistas». En las páginas de un libro del poeta cordobés Carlos Clementson, leo este proverbio quechua: «El fuerte que llora con el débil (o el que sufre con nosotros), ese vivirá». ¡Todo un canto a la fraternidad humana, la inteligencia, la amistad y el amor! Sin embargo, de un tiempo a esta parte ha ido surgiendo, mediante una descomunal actividad propagandística en las redes sociales y algunos medios de comunicación una progresiva aceptación de la violencia verbal y el bulo, actitudes antidemocráticas que vienen a alertarnos del peligro de una involución, de regresar a un tiempo oscuro, propio de regímenes autoritarios. A este respecto añade el citado alemán de origen surcoreano Byung-Chul Han: «También he señalado en varias ocasiones los riesgos de la digitalización. No es que esté en contra de los smartphones ni de la digitalización. Tampoco soy un pesimista cultural. El teléfono inteligente puede ser una herramienta utilísima. No habría problema si lo usáramos como instrumento. Lo que ocurre es que, en realidad, nos hemos convertido en instrumentos de los smartphones. Es el teléfono inteligente el que nos utiliza a nosotros, y no al revés. No es que el smartphone sea nuestro producto, sino que nosotros somos productos suyos. Muchas veces sucede que el ser humano acaba convertido en esclavo de su propia creación. Las redes sociales también podrían haber sido un medio para el amor y la amistad, pero lo que predomina en ellas es el odio, los bulos y la agresividad. No nos socializan, sino que nos aíslan, nos vuelven agresivos y nos roban la empatía». Para los que ya tenemos cierta edad nos sobrecoge la situación de la sociedad actual, tal y como se ha descrito, pero no por ello dejaremos de defendernos y proteger todas las conquistas sociales conseguidas hasta ahora. No me puedo imaginar a Baena ni al resto de pueblos de España, volviendo atrás en el tiempo: viendo de nuevo el miedo en los ojos de sus habitantes, sus silencios, soportando las continuas delaciones de hombres y mujeres inocentes, los tormentos y la privación de libertad por el simple hecho de pensar distinto. Sería como regresar a la oscuridad, a la caverna. Aquí, nadie sobra, todos somos necesarios, cada uno según sus capacidades y saberes, sin exclusión alguna. Muy a pesar de todo, cobijo la esperanza, todavía, de alcanzar lugares comunes de encuentro, donde la empatía sea el motor del diálogo para llegar a acuerdos que generen el bienestar de todos. Este es el camino. Baena siempre fue un pueblo solidario, abierto a las diferentes culturas que se asentaron en su territorio. Preciso es aprender de los errores habidos a lo largo de su historia, claro que sí, pero también tomar muy buena nota de los aciertos, por citar algunos: su hospitalidad, nobleza, solidaridad, tolerancia y dignidad. Estas y no otras deben ser ahora las señas de identidad, en la creencia de que el progreso venidero lo será, si todos aportamos nuestras potencialidades intelectivas para construir un lugar donde la libertad, la justicia y la solidaridad sean sus verdaderos cimientos. Por ello, en este camino la Cultura debe ser el eje central sobre el que gire el pensamiento crítico, que nos abra los ojos al mundo, a la comprensión, el entendimiento y la concordia. Sin ella, estaremos abocados al caos. Un pueblo culto es un pueblo libre, dueño de su propio destino.

