jueves, julio 30, 2026
BCarlos Arenas

Los cortijos de los señoritos de antaño

Una de cal.... y otras de Arenas

Carlos Arenas

Siempre que tomaras camino por las carreteras de nuestro término, fuera para Córdoba, Carteya, o Cañete, Granada o Valenzuela se enmarcaba en el horizonte la silueta de una hermosa edificación de aspecto ennoblecido, magnificas edificaciones, rodeadas de puntos blancos que eran las casas de campo de pequeños y medianos agricultores. Los puntos blancos ya han desaparecido; y de las otras siluetas de ruinas y alguno mantenido en su orgullo, pena de esa pérdida de edificaciones de arquitectura singular y de calidad, en los campos de Andalucía.  

Se llamaban cortijos, por el extenso volumen con la que se construían: la casa rodeada de la tierra de calma, olivar o viñedo. Tenían su parte noble que ocupaba el señorito y su familia, edificada con materiales de calidad y distribución generosa de estancias y dormitorios, espacios de ocio, con una sala con chimenea, una buena cocina y un par de baños. Adosada a esta noble edificación o separada por un patio, se encontraban las edificaciones o aposentos de la gente trabajadora, de los jornaleros, criados y criadas, muleros, ganaderos y colindantes a estas las edificaciones para pajares, graneros, cuadras, gallineros, pavos y gallinas, cabrerizas y vaquerizas…alrededor del cortijo, en la zona más adecuada para las entradas del aire, la era o las eras, zona para sacar las parvas de grano con el aventado del mezclado y conseguir su separación: grano y paja. Algunos de estos cortijos contaban con un molino de aceite… y una capilla con su campana para llamar a rebato y reclinatorios delante del altar para que los señoritos, marido y mujer y la prole, tuvieran a Dios más cerca. Así, darle gracias a Dios por la buena vida que les había concedido, ellos los elegidos, a costa de la explotación de los hombres, mujeres y niños que se encontraban por los alrededores de esa pequeña casa de Dios, en sus quehaceres. Los hombres preparados para ir al tajo, las mujeres restregando ropa sucia en la tabla de lavar y llevándolas al tendal, los niños llevando al careo la piara de cochinos o la parvada de pavos.

Todas esas familias de Baena, detentadores del poder local desde mediados del siglo XIX, oligarquía terrateniente, caciques, cuando tocó en la Restauración, el dinero estaba en la propiedad de la tierra y ella les daba para tener sus fábricas de aceite, o de harina como un esperpento empresarial. Esta casta comenzó a presentar rasgos de desintegración por endogamia y mala administración de propiedades y por “el ajiley” en el Casino y en el gran casino del Llano. Les vino, a estos, de perlas la guerra civil y la posguerra, ya como vencedores. Acabaron con todo atisbo de movimiento obrero y progresista contra sus injusticias, “acabamos con la canalla roja, las hordas marxistas”, lo que afianzó la represión con la explotación y la acrecentó para mantener al jornalero en el nivel de subsistencia humana para él y su familia.

Nunca hubo en el régimen instalado intenciones de nadie de hacer autocrítica, se decían “somos los elegidos y el que se oponga a ese designio…acabamos con ellos”. Atisbo de alguna generosidad o de hacer vivir a los dependientes de ellos con algo de dignidad no practicaron, eran temidos y odiados por el pueblo. Estos escogidos conducidos por Dios, tenían a la orden religiosa con ellos para sus descarnados fines seculares, no aceptando que se hablara del prójimo. ¡Estaban rodeados de dolor del explotado, miseria, hambre y enfermedades!, Ahí estaban tan suyos ellos, los señoritos, tan ufanos por haber tenido a Sàez de Buroaga en su casino, mientras el asesino Teniente Pascual mataba, y luego en estar tan exclusivos en su caseta de feria Juventud Baenense, ¡que nombre más sarcástico!, siempre fue para los del pueblo la “caseta de los señoritos”…como diría el clásico, ya no gracias a dios.

Siempre se ha dejado atrás, hablar de la mujer del señorito., de las mujeres de los señoritos. Matrimonios hubo en Baena, producto de la endogamia, el de Luis Carlos Rejón con una mujer hija de señorito, no. Así con las endogamias, muchas de las lindes de los cortijos se mantenían y la casta también. Todos y todas muy limpias con las escamas del Heno de Pravia. Me viene reminiscencia de una nobleza o aristocracia en el término de Baena. Marquesado de Villafuerte, marquesado de Escalona. Estos eran nada dados a las relaciones con los señoritos terratenientes de Baena, ni con los linderos de sus extensas tierras. Si tenían algo de trato, por razones agrícolas o de interés comunes, estos aristócratas siempre lo hacían a regañadientes.

Esa especie de refinamiento que yo solía vislumbrar en la feria, delante de la caseta de los señoritos, con los caballos enjaezados y sobre ellos el señorito o el hijo, con una madre o una novia en la grupa del caballo, recibiendo copas de vino fino La Ina y lonchas de jamón ibérico, servidos en bandejas de plata cogidas con manos de sirvientes sonrientes con pajaritas en el cuello.

Nada queda de aquello, como diría el castizo, ¿o es el clásico?, gracias a Dios. Borrachos estos caballistas señoritos, se iban a disfrutar de la chabacanería de los que montaban casetas de feria con palos rollizos de obra y toldos de camión. También buscaban, en su borrachera, a los conocidos bufones del pueblo, jornalero gracioso que se aplicaban en sus safios dichos seudo graciosos iban de gañote por unas copas de vino. Estos jornaleros graciosos bufones del señorito, no eran aceptados en los corros de la gente de a pie. Por lo zopencos y lameculos que eran. Veces había que estos bufones parecían los siervos de antaño. Estos que venían de capa de la miseria eran nada de gente corriente. Ya no hay elementos señoritos de aquellos, ni aquellos de vida licenciosa con sus queridas. Ahora, en estos tiempos se está de capa caída. Hay resignación ¡que se le va a hacer, displicencia e impotencia por la decadencia.

Los señoritos de antes, aquellos de las grandes extensiones de tierra, los de los cortijos, a los que le llegó la reforma agraria sin agitaciones campesinas, vivían holgadamente sin trabajar, los jornaleros y sus mujeres eran explotados como con instrumento de precisión para ello. Guardaban en sus cocheras los mercedes negros como de funeraria, había unos pocos, que por el pueblo no los paseaban, pues los lugareños no se notaban que los apreciaran. Se tenía a sus conductores, que también les sacaban brillo acharolado. Los de algo menos de poder dinerario o más miserables, avisaban a un taxista profesional del volante, de su confianza, y que les cobraba una adecuada cantidad para trasladar al señorito o a la familia a Córdoba, Sevilla, Málaga o Madrid.

Con una cierta exquisitez cursilesca, me ha venido a la mente, como se vestían los niños y niñas de los señoritos y luego de los nietos. Salían al parque con la criada con cofia, que los apartaba de los niños y niñas de otra clase social y raída vestimenta. Jugaban entre ellos. Ya en la escuela de D. Juan Moral unos y otros acudimos allí, nos mezclamos unos con otros en los juegos, aunque se distinguieran por sus ropajes, la ropa inmaculada y los zapatos relucientes y los aromas que despedían, a caras colinas, otros no despedíamos olor a cuerpo mojado con colonia, despedíamos olor a limpio pues éramos restregados por la madre con aquel jabón verde de Higinio, el de la calle los Silos. Con alguno de esos niños nos hicimos amigos y mantuvimos su amistad pues nos abastecían de gusanos de seda, hasta que en sus casas los quitaron. En sus casas de señoritos burgueses, tenían destinada toda una habitación para sus gusanos de seda. Los demás, nos conformábamos para tenerlos una caja de zapatos Segarra. La cicatriz que tengo, desde los nueve años, en mitad de la cabeza fue producto de un ladrillo tirado a un árbol morera para desgajar ramas con hojas alimentos de los gusanos de seda. Lo tiró Domingo, el que luego fue dependiente de Espinosa, el más grande de todos los que estábamos allí debajo del árbol.

Instalada el hambre en la posguerra con los señoritos paseando sus negros mercedes y sus almas enfermas, por las calles se notaba quien pasaba esa hambre, pues lo enjuto era por no comer. Clara distinción que no tenían tampoco los pegados a los señoritos. Los jornaleros, hacinados en los cortijos con menos hambre, pero hastiados de explotación.

Los años pasan y comencé a notar algo en el pueblo, se me ha arrancado una sonrisa en la soledad de esta escritura. Pienso de cuando la SCAFA y luego la SCOINC tuvieron trabajando a mas ¿’ de seiscientas jóvenes mujeres, con algunas menos jóvenes. Una sutil aura de independencia desprendía esas mujeres cuando las veía salir de los talleres con un rictus de cansancio. ¿Que empecé a notar?, pues que la indumentaria que vestían y el maquillaje que se aplicaban los fines de semana, apartadas del traqueteo de las máquinas de lunes a viernes, las hacían más atractivas, con un aspecto exterior conjunto que ya no las distinguía de las hijas de los señoritos y de los de clase media, que siempre iban mejor ataviadas. El encanto humano sabían resaltarlo las trabajadoras, lo que no habían tenido es dinero ni tiempo para ello. El no pasar por el cortijo arrancando garbanzos ni otras labranzas, había suavizado y tonificado la piel de muchas jóvenes trabajadoras ahora en las cooperativas.

Creo que esta situación tuvo un efecto positivo desde lo social a lo laboral, por el trabajo de centenares de jóvenes mujeres instaladas en los talleres de confección. Los ajuares de las casamenteras, el mobiliario y los electrodomésticos en las casas de los padres fueron saliendo de los escuetos salarios de las mujeres de las cooperativas.

Después con el tiempo, la desolación se cebó con ellas, se llegó a un final en que derechos laborales, entendido por ellas que se tenían por sus años de trabajo, no aparecieran; altas en la Seguridad Social muy escasas y como autónomas, sin saberlo. Cerraron y se quedaron sin nada… bueno si, hubo intentos de responsabilizarlas ante administraciones, del estado hacendista y laboral de las cooperativas, cuando la responsabilidad sería de los gestores y directivos. Esta es otra historia, que necesita ser contada para hacerles justicia a tantas engañada del Estado. Se fueron casando con las primeras celebraciones en el salón del Gacha en la calle Alta, luego en los salones de los Hermanos Villarreal, que dignificaron esas y otras celebraciones con sus salones por encima de la discoteca.

Estas mujeres de las cooperativas no derramaron sal y no pasaron por debajo de una escalera de mano, pero la mala suerte les acompañó hasta un pasado no muy lejano, haciéndolas pasar por dueñas de las cooperativas y, por tanto, responsables de los desaguisados mercantiles y laborales puestos al descubierto con la liquidación de las cooperativas, SCAFA y SCOINC. ¿se arregló todo ello?, habrá que saberlo…En su descanso eterno, Salvador Muñoz, el cura, se removerá al ver lo que han hecho unos y otros con su “dejar hecho para otros”, que se dilapidó…Lo que hizo D. Salvador, los de los cortijos no se lo perdonaron.

Carlos Arenas, primer alcalde de la democracia, 1979-1983