La zafiedad que se asocia a una arquitectura (Parte I)

El arquitecto de Baena, Luis Valdelomar de Prado, con su doctorado y siendo su tío el alcalde, dibujó muchos edificios de bloques plurifamiliares, ¿o fueron sus delineantes? viviendas unifamiliares entre medianeras y chalets aislados. Digo “dibujó”, pues no creo que le dedicara mucho tiempo al significado del concepto “diseño”, quizás al de marketing sí se lo dedicó.
No voy a hacer acopio de las viviendas unifamiliares y los chalets, sin identidad. Voy a señalar solo las edificaciones de cuatro y cinco plantas, que emplazó en nuestro suelo urbano. Nunca tuve claro si, con la normativa urbanística de aplicación para Baena, (Normas Complementarias y Subsidiarias para la provincia de Córdoba), antes de la redacción de las Normas Subsidiarias de Planeamiento Urbanístico (NNSS), esas edificaciones pudieran ser construidas manteniendo la legalidad, a no ser que lo hubieran sido por negligencia y laxitud del ayuntamiento y sus funcionarios de entonces. Dejaron hacer. La belleza o la hermosura no se manifiesta solo en la catedral o en un edificio civil emblemático histórico, se manifiesta, también, en la fachada de ese pequeño edificio diseñado con gusto, paciencia y sentimiento. Y ese diseño surgido no debe estar lastrado por la importancia del lugar en el que el edificio se emplace, ya sea en la calle de un pueblo andaluz o en una calle o plaza de la ciudad de Toledo. Generalmente la fachada de un edificio surge de un rectángulo, luego surgen en ella sus huecos, ventanas, balcones, sus cornisas, sus barandas, sus arquitrabes, sus molduras en jambas y dinteles… o sin ninguna enfatización, solo la limpieza virginal de la solidez de la pared y la sencillez extrema en los huecos de puertas y ventanas a la fachada.
Él que pudo, pues estuvo literalmente solo, el arquitecto único, que todo dios buscaba para construir algo a lo que se le exigiera un proyecto para ello, llenó de su impronta personal arquitectónica (¿), fachadas de edificios que “nos sacaban la lengua” cuando las mirábamos, sin nada de elegancia, burdos edificios de burdas fachadas.
Unos por corporativismo, “es uno de los nuestros”, otros por ignorancia, otros por la intimidación de apellidos locales tan burgueses detrás de su nombre, siempre hubo silencio para los usos arquitectónicos del arquitecto. Con cuanto más sosiego me paseo, más cuenta me doy de ello. No son edificios locales, lo son de cualquier otro sitio. Algunos barroquismos, por lo recargado que traen las edificaciones de los nuevos ricos catetos. Cuando voy por una ciudad de los alrededores, y las veo de características similares a mi ciudad, en la formación de los espacios urbanos y las fachadas de sus calles, miro con curiosidad y atención, en las fachadas, su armonía y sencillez arquitectónica, sin pretensión ni horteradas, con integración en la fachada de la que es parte. La planificación urbana no alambicada, sin nada de decorado superfluo ni de pastiche, la veo así, y nada parecido en alguna de nuestras calles, o sea un Ensanche lleno de edificios vulgares y de otros cargados de un brillo ser del cateto, del patetismo de los nuevos ricos. Algún ramalazo de buena arquitectura se vislumbra en las calles de viviendas unifamiliares adosadas, construidas por gente de clase media ilustrada. Algo de ello, también es posible detectarlo en la Urbanización el Zambullo.
No puedo entender esos edificios grotescos, salidos de la mano que mezclaba la pintura dando colores intensos en una paleta y con pinceladas obtenía un óleo, una acuarela para admirar.
Había edificios en los que se pretendía sencillez en su construcción y lo obtenido había sido fealdad. ¿Tanta falta de sensibilidad era posible en un arquitecto? Lo que hacemos dice más de nosotros que lo que confesamos en la intimidad. Si hacemos todo a nuestra imagen, como Dios hizo, hemos construido una ciudad a la izquierda de la N-432, carente de carácter y de identidad. Ese ensanche se convirtió en un paradigma de lo burdo.
¿Para el casco antiguo, no hay tipologías arquitectónicas que mantener para nuestros pueblos andaluces con una tradición del blanco, la teja curva árabe, las puertas y ventanas de madera y las rejas en las ventanas? “Vayan a experimentar en ciudades donde los espacios que se llenen se lo agradezcan, donde se señale con el dedo y se exclame: ¡eso de ahí es bello!
Cuando el Baenense va de visita a Priego de Córdoba y se pasea por el barrio de La Villa, le invade y emociona una tranquila paz ver esas fachadas blancas resplandeciendo de luz, esas puertas y ventanas con sus postigos, de madera, ese balcón lleno de tiestos con geranios para discreta mirada a lontananza, esa cubierta ancestral de teja vieja y a dos aguas…reflexiona el de Baena <<así quisiera a mi Almedina>>.
Mis contactos con tantos albañiles me despejaban dudas sobre el arquitecto del edificio tenido delante. En la arquitectura, cualquier trabajo bien hecho, antes comenzaba con el acomodo en el taburete giratorio delante de la mesa de dibujo, inclinarte sobre el horizontal deslizante, al tecnígrafo con su medidor de ángulos, una escuadra, el cartabón y el compás, lapicero y goma de borrar. Esto, y poco más, alguna plantilla para facilitar el trabajo repetitivo, era el instrumental del arquitecto. Luego llegó el autocad, pero eso es de otro tiempo.
Mi muestra de enfado era tan evidente que ese conocido que pasaba por la acera donde me había detenido me observaba mirando alguna fachada, y me preguntaba <<¿te pasa algo, Carlos?>>, y le contestaba que sí, con la mano extendida y el dedo corazón acusador, señalaba la fachada y le explicaba mi enfado, seguro de que sería incomprendido, pero me desahogaba. No sé qué me pasa, voy por la calle observando esto y aquello, y cuando detengo mis pasos ante el edificio, muestra de calamidad, me hago una pregunta que lleva tiempo siendo recurrente en mi mente: ¿de qué arquitecto es este edificio?, siempre lo hago con los de cuatro y cinco plantas construidos antes de que yo fuese alcalde y antes de las NNSS, sin gracia y con molesta monotonía, pues ese engendro de arquitectura, clonado de otro que está más allá en esa calle o de la calle de más abajo, debería llevar la firma de un arquitecto. Preguntaba al conocido que allí vivía o al vecino de enfrente, el arquitecto L.V. de P. me decía, casi siempre. No era propósito dejar algo bello o de visión agradable u de obtención de algo de empatía, no, el propósito era ¡hacer caja!.
Somero análisis de una arquitectura practicada en el espacio urbano, el Ensanche, de mi querida Baena, a la que le tengo una especial predilección por su Casco Antiguo, en su total extensión llamado así, y por su origen el Barrio de la Almedina, al que se mira como a una madre engendradora, amorosamente. Esa mirada que le tengo al Casco Antiguo, a la Almedina, no es la que le dirijo al Ensanche, aquí la mirada es de crítica, desazón y desesperanza, pues el arquitecto del monopolio, doctor, cometió barrabasadas sin cuento en la calle Llana, distribuyéndolas también por el Ensanche; vinieron otros arquitectos que lo emularon y dejaron también su hacer arquitectónico burdo en la emblemática Avda. Padre Villoslada (véanse los edificios de la acera de Magaluf hasta la calle Antonia de Prado, que, para más inri, muchos de ellos, de cuatro y cinco plantas, no tienen la posibilidad de instalarse un ascensor).
La estética es cosa del arquitecto, no del promotor crematómano y safio. Cuando se deja la estética y el buen gusto a este promotor de la adicción al dinero, es el arquitecto quien se ha de negar, no dejarse llevar.
Yo, que estuve colaborando durante unos veinte años con un arquitecto, este me hizo apreciar, con burla cargada de crueldad, la miseria y la usura de una profesión, pero dignificada con tanto buen hacer en miles de edificios sin pena ni gloria, con sus moradores orgullosos de ver miradas aprobatorias hacia sus fachadas de hermosa sencillez, sin esterilidad, con capacidad para reproducirse. Si los ojos tienen su objeto de atención en esas fachadas que son realidad, la visión de ellas no es de hostilidad, es placentera al ojo que busca la belleza. Y no para de mirar, pues descansa con ella.
Ahora, no la mirada, sino el dedo acusador lo dirijo a los mamotretos arquitectónicos, para que cuando los tengáis delante reconozcáis mi razón, o no. Querido transeúnte por las calles de esta Baena, por el Casco Antiguo, hay un maltrato vil a la piel de la ciudad que necesita de más cuidados, estos son: la Plaza de Amador de los Ríos donde la sede de la Hermandad de la Soledad, otro en la esquina de la calle Amador de los Ríos con la calle el Moral-Pablito Lucena, a la izquierda de este, frente a la plazoleta del Tambor con calle albaicín hay otro edificio, este de cuatro plantas, que seguramente sería del arquitecto-doctor. Los anteriores, de cinco plantas cada uno y además sin ascensor, me hacen sentir solidaridad, por lo que sufre con ello, mi amigo Antonio Baena de los Ríos cuando acomete la subida a su hogar, en el primer edificio, situado en la última planta. A Alberto Sánchez le pasó lo mismo, en el segundo edificio, aunque todavía a él no le cuesta tanto llegar a su hogar como a Antonio. Frente a la calle Zarco, en la Juan Valera otro edificio de cuatro plantas sin ascensor. Y frente a la farmacia de Alcalá en la Calzada, ese edificio donde se encontraba la panadería de Lara, ¿no es para condenar al recuerdo infamante por siempre al arquitecto que lo hizo? ¡Preguntad, preguntad, quien fue el arquitecto de estos edificios y en qué años se construyeron!. ¿Serían obra del doctor-arquitecto L.V. de P.?
(Hay una parte II)
Carlos Arenas, primer alcalde de la democracia, 1979-1983

