
Lola Ruiz Arrebola
En la última entrega de esta columna estuvimos reflexionando sobre las implicaciones que ya supone todo lo que se nos avecina con la inteligencia artificial. Y, aunque solo ha pasado un mes, ya me atrevería a aventurar que esto de la inteligencia artificial, además de haber llegado para quedarse, marcará la década de los veinte del presente siglo como toda una revolución. Revolución por todos los cambios que supondrá en nuestro día a día. Me atrevería a escribir que al estilo de cuando se inventó la imprenta a mediados del siglo XV, apareció el ferrocarril en la primera mitad del siglo XIX o la llegada de las primeras conexiones de internet al inicio de los noventa del pasado siglo.
Sin embargo, y dejando la bola de cristal, como docente historiadora me interesan mucho más las cosas del pasado. Hace unas semanas estudiábamos en cuarto de la ESO la Revolución Industrial. Siempre intento relacionar los contenidos con el contexto actual, pues a veces pueden tener una relación más directa de lo que pueda parecer y podemos adquirir conocimientos aplicables para nuestra vida en el día a día, o al menos eso pretendemos, más allá de su estudio para tan solo aprobar un examen.
En este contexto, y a modo de ejemplo, decir que sigo en las redes sociales al grupo llamado Baena por su Estación de Tren. Al margen de sus legítimas reivindicaciones, recordaba como hace décadas el Ayuntamiento de Baena miraba como mero espectador mientras Adif vendía los terrenos de la antigua vía del tren a los propietarios interesados de las tierras colindantes, mientras otros ayuntamientos vecinos las adquirían directamente como patrimonio público. El resultado todos lo sabemos. A pesar de los esfuerzos para enmendar la situación, nuestra vía verde deja mucho que desear, pues ni es vía, al no discurrir al 100% por el trazado original, ni tampoco es muy verde cuando hay que compatibilizar muchos tramos con los vehículos motorizados. Recuerdo también que incluso estas poblaciones vecinas, más avispadas, tampoco estaban exentas de voces disonantes, pues de forma minoritaria había quien, por aquel entonces, se atrevía a contradecir el discurso oficial y casi unánime para desmantelar toda la vía férrea y su conversión en el largo sendero ciclopeatonal que a día de hoy disfrutamos. En otros lugares y países, como por ejemplo nuestra vecina Francia, optaron por no desmontar los raíles, usándolos para el transporte deportivo y lúdico de todo tipo de veloraíles o plataformas con múltiples diseños que transcurren a pedales aprovechando dichos raíles, además de su posterior uso turístico con trenes circulando a una velocidad lenta que permiten disfrutar del paisaje. Si os soy sincera, incluso a toro pasado, aunque me encanta esta segunda opción, me costaría posicionarme hacia una u otra si tuviera que ponerme en la piel del gestor público que debe actuar con criterios de eficacia y eficiencia cuando se trata de fondos y patrimonio público al servicio de la sociedad.
Sin estar relacionado directamente con todo esto, esta misma semana he tenido la oportunidad de conocer más de cerca al citado grupo de Baena por su Estación de Tren que, más allá de poder tildar de utópica su denominación, sin duda esconde todo un compendio de actuaciones que, si llegaran a buen puerto, con la colaboración público-privada necesaria, estaríamos hablando de la revitalización de una zona muy necesitada y que alberga muchas posibilidades desde el punto de vista del aprovechamiento turístico y cultural. De momento parece que todo juega en su contra cuando, a modo de ejemplo, el Ayuntamiento anuncia a bombo y platillo, como uno de sus proyectos estrella, terminar de destruir el molino que linda con el Lidl, para la construcción de naves, cuando en ese mismo lugar y en otros polígonos industriales del municipio existen naves vacías y disponibles por doquier.