miércoles, julio 29, 2026
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José Rafael Ruiz Arrebola emociona con un pregón de Semana Santa que reivindica igualdad, memoria y convivencia

El pregón de la Semana Santa 2026 deja en Baena una de esas intervenciones que no se escuchan solo con atención, sino también con el corazón. José Rafael Ruiz Arrebola convirtió este domingo el Teatro Liceo en un templo de emoción, pensamiento y vivencia cofrade con una alocución brillante, profunda y valiente, en la que entrelazó fe, ciencia, tradición, justicia social e identidad baenense.

No fue un pregón al uso. Fue una clase magistral de sentimiento, una reflexión serena y poderosa sobre lo que significa la Semana Santa de Baena y, sobre todo, sobre lo que debería seguir siendo: un espacio de encuentro, de igualdad y de pertenencia colectiva. Porque una de las ideas que más caló entre el público fue precisamente esa: el Nazareno no es de una sola hermandad, sino de un pueblo entero.

La cita, celebrada en el Teatro Liceo de Baena, estuvo marcada desde el primer instante por el tono íntimo y solemne del acto. Antes de la intervención del pregonero, la presentación corrió a cargo de su hermana, Lola Ruiz, que trazó un retrato cercano, emocional y certero de José Rafael Ruiz Arrebola. Sus palabras sirvieron para situar al auditorio ante una figura que conoce la Semana Santa desde dentro, desde la infancia, desde la familia y desde la memoria.

Un pregonero entre la ciencia, la docencia y la memoria cofrade

Lola Ruiz recordó que su hermano nació en 1966, que vivió sus primeros pasos cofrades desde la Hermandad del Prendimiento y como judío coliblanco de la segunda cuadrilla, y que ayudó a reorganizar esta última con ilusión y compromiso. También repasó su sólida trayectoria académica, que lo ha llevado a convertirse en catedrático del Departamento de Química Orgánica de la Universidad de Córdoba, además de protagonizar recientemente una importante repercusión mediática por su participación en el hallazgo del vino más antiguo del mundo.

Pero más allá del currículum, la presentadora puso el foco en lo verdaderamente importante para el auditorio: el vínculo permanente del pregonero con su pueblo y con su Semana Santa. Aunque durante años su participación activa quedó en segundo plano por las exigencias profesionales, nunca se rompió ese lazo invisible que, como subrayó su hermana, lleva a tantos baenenses a volver siempre cuando llega la primavera.

Un pregón dividido en tres actos y con alma de obra teatral

José Rafael Ruiz Arrebola estructuró su intervención en tres actos, una elección original que dio al pregón un ritmo narrativo singular y una arquitectura casi escénica.

El primero, “Ciencia y cruz”, fue seguramente uno de los más sorprendentes. En él planteó un diálogo entre dos mundos que a menudo se presentan como opuestos, pero que en su discurso aparecieron reconciliados: el de la fe y el de la ciencia. Lo hizo desde la experiencia personal y desde una mirada profundamente baenense, conectando el tambor, el pellejo, el tahali, la tradición artesana, el aceite, el vino, el conocimiento y la emoción.

Con una prosa muy cuidada, defendió que en Baena ambos universos conviven con naturalidad. La física puede explicar la vibración del tambor, la química puede hablar del tratamiento del pellejo o del incienso, pero solo el corazón entiende por qué ese sonido hace temblar el alma. Ahí estuvo una de las grandes fortalezas del pregón: en su capacidad para elevar lo cotidiano y convertirlo en pensamiento sin perder ni una pizca de raíz popular.

La ciudad convertida en templo

En el segundo acto, “Cruz y tambor. Esencia de la Semana Santa”, el pregonero se adentró en la vivencia íntima de la Semana Santa de Baena. Lo hizo no siguiendo un orden cronológico estricto, sino dejando que la memoria mandara sobre el calendario.

Hubo en ese tramo una reconstrucción emocional de su infancia, de la figura de su padre, de los preparativos en casa, de los tambores apoyados en la pared, de las túnicas, de los pestiños, del trabajo silencioso de las madres y las abuelas, de los jueves santos que marcaron su vida, de la reorganización de la segunda cuadrilla coliblanca y de esa educación sentimental que en Baena se transmite muchas veces sin grandes discursos, casi por ósmosis, de generación en generación.

Su mirada sobre los días grandes estuvo cargada de imágenes poderosas. Describió un Miércoles Santo contemplativo, un Jueves Santo vivido como patria emocional, un Viernes Santo en el que la ciudad se convierte en templo y una noche en la que el tambor suena a respeto. Ese fue otro de los aciertos del pregón: su capacidad para poner palabras a sensaciones que muchos baenenses reconocen.

Especialmente intenso resultó su pasaje sobre la mañana del Viernes Santo, cuando defendió que Jesús Nazareno pertenece a todo el pueblo, sin distinción de hermandades, colores o túnicas. Fue una afirmación que condensó el espíritu general de toda la intervención: la Semana Santa como patrimonio común, como emoción compartida, como verdad colectiva.

También dejó una imagen muy celebrada al hablar del Domingo de Resurrección, no como un cierre, sino como “un descanso pleno”, una definición sencilla y hermosa que resumió la serenidad luminosa con la que quiso cerrar el recorrido pasional.

Igualdad, acogida y una Semana Santa sin dueños

Pero si hubo un tramo especialmente valiente, fue cuando el pregonero fue más allá del recuerdo y de la exaltación estética para entrar en el terreno de los valores.

Defendió con claridad que la Semana Santa de Baena no es patrimonio de unos pocos, ni tiene dueño, ni apellidos, ni fronteras. La presentó como una escuela silenciosa de justicia, una vivencia donde se borran las diferencias sociales y donde el jornalero y el empresario pueden compartir mesa, emoción y pertenencia.

En ese mismo bloque lanzó una de las reivindicaciones más nítidas de la jornada: el reconocimiento del papel de la mujer en la Semana Santa baenense. Lo hizo con agradecimiento, pero también con firmeza, recordando que durante demasiado tiempo hubo manos que quedaron al margen por ser femeninas. Frente a eso, reivindicó la evolución vivida en los últimos años y subrayó que las mujeres no solo están ya presentes, sino que redoblan, portan, organizan, pregonan, dirigen y sostienen la Semana Santa con la misma legitimidad y pasión.

No se quedó ahí. También apeló a la acogida y a la convivencia, defendiendo que la Semana Santa rompe fronteras y puede ser un ejemplo integrador para quienes llegan de fuera. En uno de los pasajes más significativos, sostuvo que la fe no entiende de pasaportes y que el tambor no necesita traductores.

Un reconocimiento al presente y una mirada al futuro

El pregón también reservó espacio para subrayar el momento histórico que atraviesa la ciudad, con la reciente proyección y el reconocimiento alcanzado por la Semana Santa de Baena. Ruiz Arrebola enlazó ese presente con la responsabilidad de cuidar el legado recibido, transmitirlo con fidelidad y proyectarlo con orgullo hacia el futuro.

Lo vivido este domingo en el Teatro Liceo fue mucho más que una exaltación cofrade. Fue un pregón pensado, sentido y pronunciado con hondura, capaz de emocionar sin caer en lo fácil y de reflexionar sin alejarse del pueblo. José Rafael Ruiz Arrebola firmó una intervención de gran altura, de esas que dejan frases para el recuerdo y una sensación compartida al salir del teatro: la de haber asistido a algo importante.

Porque su pregón no solo anunció la Semana Santa. También recordó qué valores la sostienen y por qué sigue siendo una de las expresiones más profundas de la identidad de Baena: memoria, fe, convivencia, igualdad y una forma única de entender la vida al compás del tambor.