En el verano, la lectura llama tu atención (1)

La lectura es para el verano, pero no toda la que se hace para el año, en la canícula, ésta se hace más copiosa, por lo de ocioso que nos ofrecen los meses de julio y agosto.
Con los 12 años, no creo que fuera antes, inicié mis pesquisas de iniciación al lector en que me convertí. Me inicié con lo que, en Baena, los nenes, lo llamábamos “los chistes”, que eran los llamados en otras latitudes “los tebeos”, aquellos de la Hazañas Bélicas, Capitán Trueno, Guerrero del antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, el Jabato…Continué luego con las novelas del Oeste, escritas por Zane Grey, Marcial Lafuente Estefanía y otros. Novelas de ese tenor, “novelitas”, sin otra función que la distracción y el despertar del hábito de la lectura.
El verano era también para el cine Terraza, ese cine de verano en la calle “la Estrella”, que me llevó a la adicción, continuada todavía, de las películas del Oeste, de las de policías, gangsters y espionaje. Verano de los baños en el arroyo Marbella.
Los ávidos de los chistes, los tebeos, con clara conciencia, iniciamos, yo el primero, un claro acercamiento a esos contemporáneos, en la escuela de D. Juan Moral o en la calle donde vivía, a los que se les veía disponer de un dinero que en nuestros bolsillos llenos de migajas y de tornillos de los carrillos de cojinetes, nunca se verían agraciados. Compraban el último “chiste” que había llegado al kiosco, la barbería donde se vendía o en las librerías. Cuando yo compraba alguno, con el dinero que me había agenciado, buscaba sosiego, sombra y algo de frescor. Todo esto lo tenía sentado en el escalón de la casa de Pepe Reyes, si, el del lagar, en la calle Cardobeja (Cadenas). Recuerdo a su mujer hermosa y guapa, no tenían hijos y a los de los vecinos nos toleraba sentarnos en su escalón, con la espalda apoyada en la puerta cerrada, a esas horas de la siesta. En otras casas de mujeres rabizas no nos dejaban. El silencio de la calle, como de claustro, me envolvía el fervor con que contemplaba las viñetas con los globos de diálogo y las escenas dibujadas. Esa intimidad lectora embargaba mis sentidos, transportándome fuera de la realidad, por lo que estaba leyendo y viendo, pues ese chiste o tebeo se convertía en algo preciado que costaba desprenderme de él. Pues, teníamos la costumbre, leídos y releídos, de cambiar estos, que no nos importaba dejar de tener, en un trueque por aquellos que no se habían leído y poseídos por otro.
Estos intercambios, trueques, los hacíamos, sobre todo, a la hora del matiné, sesión del cine a las cuatro de la tarde, en la fachada de enfrente, aunque veces había por la bulla que montábamos, que alguna vecina de las casas de esa fachada salía, con las manos de jarra en la cintura y nos espantaba de allí.
De aquel tiempo recuerdo, que nunca pude disponer de un libro, una novela surgida de un gasto pobre de despilfarrador, ni de un regalo de reyes, surgido de mis padres pues los que nos hacían eran de utilidad, ropa, zapatos y una cartera, aquella de cuero grueso que tengo todavía, para ir a la escuela.
Los pocos libros de los que me iba haciendo, no me he desecho de ellos, eran producto de la moneda de diez reales (dos pesetas y media) que guarda, surgida de las cuentas a los aceituneros, del pago a los jornaleros que recolectaban la cosecha de los pocos olivos de mi padre. Guardaba alguna moneda para libros. Alguna vez una de estas, de diez reales, creo que las utilicé en ir al Coliseo Baena y ver Ben Hur o los Diez Mandamientos. Claro que hubo un tiempo en que obtuve dinero, cuando los sábados acudía al almacén que Juan Vacas Lenguazco tenía en la Crta. Cañete, a llenar bolsitas de sal, pagándonos unas “gordas”, o unas “perras chicas”, por cada una de ellas. No tenía otros modos de disponer de dinero, ni para libros ni para tecnicolor o blanco y negro. Se vivía en un mundo tacaño para lo que no fueran las necesidades vitales.
Esas lecturas se fueron quedando atrás, pues salí de Baena para estudiar, y mi madre me guardó la colección de “chistes” que tenía, en una caja que depositó en el desván de nuestra casa. Allí se quedarían. Comencé otra andadura en la lectura, dirigiéndome a “las novelitas” del Oeste y a las policíacas. Estas primeras novelitas, fueron el origen de mi conversión en un lector empedernido.
Con los estudios, poco tiempo destinaba a la lectura ociosa, pero nunca lo dejé, buscando cualquier momento propiciatorio para apaciguar el malestar de su carencia, vamos, “el mono”. Paco Nieva me hizo ver que la alacena de donde sacaba mi alimento de lector, era pequeña, había una inmensa despensa que nunca vería vacía, aunque tuviera una gran “solitaria” lectora que exigiera comer, leer, con inconmensurable ansiedad. Las novelitas del Oeste que sacas de la alacena son como el alimento de puré, poco que morder, en la despensa vas a tener alimento que te hará aplicarte a fondo con las mandíbulas lectoras. ¿masticar y hacer la digestión, leer y reflexionar, no son las acciones anímicas a aplicarte en la lectura? Paco Nieva me abrió el universo de la literatura; prosa, poesía, teatro,..¡he leído mucho, y con ello me doy cuenta de lo infinito que queda por leer…! Aquellos títulos de las editoriales, de bajo coste, Bruguera, Mateu, Carast, Sopena, Plaza y Llanes…en las que descubrí a Somersert Maugham, Willian Humphrey, Giovanni Papini, Dino Buzzati, Lajos Zilahy, Julio Verne, Joseh Konrad y otros tantos más.
Iba leyendo y se me iban abriendo nuevos horizontes para la lectura, era mi tiempo de final de la pubertad. Mucha novela leída, casi todo de autores extranjeros; de los españoles Galdós, Blasco Ibañez, Pio Baroja, Clarin…poesía leía menos, pero la inicié como purgante beneficioso ante tanto alimento de prosa. ¿cómo iba a empezar la poesía si no era con García Lorca, Luis Cernuda,, Antonio Machado, Juan Ramón Jimenez o Vicente Aleixandre?. El libro “Poesía Española Contemporánea”. Antología. Gerardo Diego, Editorial Signo. 1962, también me ayudó a la iniciación.
Inicié mi tiempo del “boca a boca” con amigos y conocidos, aconsejándonos, unos a otros, lecturas, autores e impresiones de lo leído.
Me resulta curioso mirar ahora, con aquellos 18 años cumplidos, mi paso por el internado de la SAFA de Andújar. Tuve una relación de alumno con el cura Sánchez-Barcáiztegui, (nieto del contralmirante de nombre Victoriano), que tuvo una muerte cruel con tres que iban con él, en una recta de la A-4 antes de llegar a Carmona. Relación tuvo con el entonces “maestrillo” jesuita Mamely. Los dos me indicaban hacer alguna lectura. No he olvidado el regalo que me hizo Sánchez, y que ahora me ha impactado al recordarlo, el libro se titula “El ateísmo político” de Marcel Reiling, priester (sacerdote) y teólogo alemán. Lo conservo en mi biblioteca. Lo he buscado en internet y la portada localizada es la misma que la del libro que me regaló y conservo. Edición de 1.959. De los miles de libros leídos, este es uno de los tres o cuatro que no logré terminar de leerlo.
De ahí para adelante, tiempo confuso de mis lecturas. Llegué a leer libros sobre sexualidad, por saber, por curiosidad intelectual a mis 18 años. Me encontraba a finales de los años 60, con esa escandalosa represión sexual y ese aliento en la nuca del cura, recordándote el infierno al que te conducía si dabas rienda suelta al gozo del onanismo y a la excitación que conduce al placer, de sentir abrazado a un ser sexualmente deseado.
1970, Llegó el tiempo de la Universidad Laboral, en verano del primer curso me suspendieron Química de 1º, y ya no leí, estudié para aprobar. En 2º, 1972, me suspendieron el inglés y el análisis químico y no leí en verano nada, me dedique a estudiar y en 1973, el verano lo emplee para el proyecto final de carrera, no leí prácticamente nada. Bueno leí, pero solo recuerdo de aquel verano el libro Chacal de Frederick Forsy, se adaptó en una película dirigida por Fred Zinnemann, magnífica, la habré visto tres veces. Leí la novela delante de las playas de Fuengirola y en el chalet que los padres de mi mujer Loli allí tenían, en la calle Madrid, detrás del hotel Las pirámides. Frente al chalet tenía la finca, enorme de una gran extensión de terreno, el ministro falangista del régimen franquista Girón de Velasco. Ahora, aquello está lleno de decenas de edificios de muchas plantas, que sus herederos disfrutan en sus cuantiosas rentas, con las las ventas de ese gran cortijo del ex-ministro franquista. Hay que aprovecharse de estar en el sitio adecuado en el momento preciso…¡este Girón y otros!
Llegó en 11 de septiembre de 1973 y dio su golpe de estado contra Salvador Allende el dictador y asesino Pinochet; el día 5 de octubre me incorporé a la mili en Obejo, 3 meses, y luego en el Depósito de Sementales de Córdoba, un año. Allí las ganas de lectura se me quitaron, pues pasaba todo el día pensando en el sábado y volver a Baena, entre otras razones pensando en el pollo al ajillo que Dª Lola, la madre de Loli cocinaba ese día. Doña Lola era una gran cocinera… y una gran lectora que me dirigió a hacer lecturas de calidad.
En el tiempo de mi paso por el séptimo depósito de sementales, casado que ya estaba, pernocta que disfrutaba, en abandonar el cuartel a mediodía y no volver hasta la mañana siguiente, había tardes que me pasaba mirando escaparates de librería, la Luque de la calle Cruz Conde y la de Gondomar. Entraba, llevando algunas pesetas que reservaba para algunas copas de vino con Manolo Pérez y alguno de sus amigos por las tabernas de la judería, pudiendo pasar horas entretenido repasando los anaqueles llenos de libros. Así cuando dispuse de dinero para libros, los primeros centenares con los que iba aprovisionando una incipiente biblioteca que iba gestando, los compré en Luque.
De ciencias era yo, pero abría con reverencia un libro de filosofía o de sociología, aunque iba sabiendo ya, lo que de ello el régimen franquismo permitía en las librerías.
La novela negra americana, me llevó a tenerle devoción, nunca me he olvidado de aquel disfrute con las novelas de Dashiell Hanmett, Raimond Chandler, James Ellroy, Ross Macdonald, Jim Thompson… y tantos otros. Sin hartazgo, la novela negra la fui reemplazando por novelas del realismo mágico, de aquel boom latinoamericano: García Márquez, Vargas Llosa, Jorge Amado, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Juan Rulfo, Carlos Fuentes…miro ahora a la estantería de mi despacho que los contiene, más de cien, y me estremezco de la emoción que siento por haberlos leído. En verano, esos de más de seiscientas páginas me duraban no más de una semana.
CONTINUARÁ…me quedan algunos veranos de lectura que contar.
Carlos Arenas, primer alcalde de la democracia, 1979-1983

