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El legado del redoble sigue más fuerte que nunca

La pasión por el tambor volvió a hacer retumbar el corazón de Baena en la vigésima edición del Concurso de Redobles, celebrado ayer en un Teatro Liceo con números público. Un evento que no solo honra el alma de la Semana Santa baenense, sino que también confirma que el arte del redoble goza de una salud envidiable, con nuevas generaciones que ya hacen historia.

Organizado por la 6ª Cuadrilla de Judíos de la Cola Negra, con el respaldo del Ayuntamiento de Baena y la Agrupación de Cofradías, este certamen ha alcanzado su madurez sin perder un ápice de emoción ni autenticidad. “Veinte años son nada”, se decía en la presentación, pero veinte años también significan consolidación, identidad y un legado que se transmite de generación en generación.

La delegada de Cultura, Ana Cruz, destacó la importancia del concurso como motor de tradición y orgullo local. “Quien gana es la Semana Santa de Baena”, señaló, con un emotivo recuerdo al querido Eduardo Tarifa, cuya huella sigue muy presente.

El cuadrillero Manuel Guijarro ofreció una valoración sincera y entusiasta: “Ha sido muy difícil elegir. La calidad era altísima en todas las categorías. En la absoluta, los diez participantes brillaron a gran nivel. Fue una hora y media de emoción, talento y respeto por una tradición que nos une”.

Los vencedores del redoble

En la categoría infantil, los aplausos fueron para Víctor Bujalance Pulido, Jesús Aranda Rosales y Antonio Villa Sevillano, pequeños grandes redoblantes que ya prometen futuro.
En la cadete, se alzaron con los premios José Albalá Recio, Manuel Luz Pavón y Noelia Urbano Salamanca, esta última símbolo de la creciente presencia femenina en este arte tan nuestro.
Y en la esperada categoría absoluta, el podio lo ocuparon José Manuel Quintero Inverno, Manuel Jesús Aguilera Ocaña y Javier Priego Ortiz, tras una deliberación del jurado tan difícil como justa.

En definitiva, una tarde de emoción, orgullo y redobles que resonarán en la memoria de Baena. Porque en esta tierra, cuando suena el tambor, no es solo música: es identidad, es historia, es alma.

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