
Lola Ruiz Arrebola
Un vino elaborado hace casi dos mil años y conservado en una urna funeraria romana volvió a revelar algunos de sus secretos gracias a la química y a las técnicas arqueología molecular más avanzadas. La investigación fue presentada el pasado jueves 5 de noviembre en Vitoria-Gasteiz, durante el XVI Congreso Ibérico de Arqueometría, por el profesor José Rafael Ruiz Arrebola, natural de Baena y Catedrático de Química Orgánica de la Universidad de Córdoba.
El trabajo, titulado «Análisis multiómico del vino más antiguo del mundo y de los restos de cremación hallados en un contexto funerario de Carmona (España)», reunió a investigadores de distintas especialidades para estudiar tanto el líquido conservado en la urna como los restos asociados al ritual funerario. Entre los elementos destacados de la investigación figuró la utilización del Fino Cancionero, de Bodegas Jesús Nazareno de Baena, como muestra moderna de referencia para determinados análisis comparativos.
El vino romano había sido descubierto en 2019 en una tumba de Carmona (Sevilla), dentro de una urna de vidrio protegida por una funda de plomo. En el mismo recipiente se encontraban los restos cremados de un hombre adulto. También se recuperó un anillo con la representación de Jano bifronte, la divinidad romana de las dos caras y asociada al mundo funerario. La conservación de aquel líquido durante aproximadamente 2.000 años convirtió el hallazgo en un caso excepcional para la investigación arqueológica y química.
Para profundizar en su composición y en las transformaciones experimentadas a lo largo del tiempo, el equipo aplicó un enfoque multiómico que combinó diferentes técnicas: análisis de ADN de microorganismos, estudio de proteínas mediante espectrometría de masas, difracción de rayos X, micro-Raman y cromatografía de gases acoplada a espectrometría de masas. La combinación de estos procedimientos permitió obtener información desde perspectivas complementarias y estudiar señales biológicas y químicas que difícilmente podrían haberse identificado mediante una única técnica.
Uno de los aspectos más interesantes fue la conservación de huellas de microorganismos relacionados con el mundo del vino. Los análisis permitieron detectar señales de bacterias y hongos, así como indicios vinculados a procesos de fermentación. Entre los resultados destacó la identificación de una proteína asociada a la levadura Saccharomyces, uno de los microorganismos fundamentales en la elaboración del vino. Estos datos aportaron nuevas evidencias sobre la historia biológica del líquido y demostraron hasta qué punto determinadas señales moleculares podían permanecer reconocibles después de tantos siglos.
La comparación con el Fino Cancionero de Baena proporcionó una referencia moderna de especial interés para interpretar los resultados. Su presencia en el estudio puso también de manifiesto la aportación que un producto de tradición local podía realizar a una investigación arqueométrica de alcance internacional. No se trataba de afirmar que ambos vinos fueran iguales, sino de utilizar una muestra actual como referencia para comprender mejor las señales detectadas en el excepcional ejemplar romano.
La presentación de estos resultados en el congreso puso de relieve el valor de la arqueoquímica y de la arqueología molecular al estudio del patrimonio arqueológico. Gracias a ellas, los objetos y materiales del pasado pueden ofrecer información que no resulta visible a simple vista y que permite reconstruir aspectos de la vida cotidiana, las prácticas tecnológicas y los rituales de las sociedades antiguas.
La investigación tuvo, además, un vínculo especial con Baena. El trabajo fue presentado por el profesor José Rafael Ruiz Arrebola, natural de la localidad, y contó con el Fino Cancionero de Bodegas Jesús Nazareno como referencia moderna. Así, un vino de Baena contribuyó a una investigación que ayudó a conocer mejor uno de los hallazgos arqueológicos más singulares relacionados con la historia del vino.
En definitiva, dos vinos separados por casi dos mil años se encontraron así en un laboratorio. Uno procedente de una antigua tumba romana y otro elaborado en Baena. La química permitió que el vino más antiguo del mundo siguiera contando, dos milenios después, parte de su historia.