Baena Hoy

Crónica de una ciudad en decadencia

Requiem por Baena

José Manuel Cano de Mauvesin

Crónica de una ciudad en decadencia

Capítulo I: Los datos

Baena no se está vaciando de golpe. No hay un día concreto en el que pueda decirse que comenzó su decadencia. Lo que muestran los datos es algo bastante más silencioso, pero con inequívocas señales de alarma.  Se asiste a una pérdida lenta y sostenida de población con un envejecimiento progresivo. El tejido empresarial no consigue crecer y se da una dependencia cada vez mayor de actividades y recursos que no parecen suficientes para invertir la tendencia.

Sin embargo, este declive es difícil de percibir para los menos observadores y, por supuesto, para quienes intentan salvaguardar sus propios intereses aparentando que todo está bien. Baena continúa teniendo sus calles, sus comercios, sus colegios, sus fiestas, sus olivares y su vida cotidiana. Pero detrás de esa supuesta normalidad hay cifras que obligan a mirar el futuro con preocupación.

La primera es la demográfica. Según el Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía, Baena contaba en 2025 con 18.386 habitantes, frente a los 20.207 de 2014, lo que supone una reducción que supera el 9 % en poco más de una década. La serie del padrón muestra, además, que el municipio alcanzó los 21.260 habitantes en 2008. Desde entonces, a pesar del ligero repunte en 2011, la trayectoria ha sido descendente.

Pero quizá sea todavía más revelador observar qué hay detrás de esa cifra. En 2024 se registraron en Baena 144 nacimientos frente a 200 defunciones. Es decir, murieron 56 personas más de las que nacieron. La emigración tampoco es un fenómeno menor; durante ese mismo año se produjeron 402 emigraciones y 442 inmigraciones. El saldo migratorio permitió compensar parcialmente la dinámica natural negativa, pero no ha conseguido cambiar la tendencia demográfica de fondo.

Por su parte, la pirámide de población ofrece otra señal de alarma. La edad media alcanza los 43,3 años. El 19,2 % de los habitantes tiene más de 65 años, mientras que los menores de 20 años representan el 20,2 %.

No es simplemente que Baena tenga menos habitantes. Tiene menos jóvenes y más población envejecida que hace tan solo unos años. Esta combinación es especialmente peligrosa porque compromete el relevo generacional, el consumo, la vivienda, los servicios y, sobre todo, la capacidad futura de generar actividad económica.

El desempleo, un problema estructural que no desaparece

Aquí los datos obligan a introducir una corrección importante. No sería riguroso afirmar que el desempleo esté aumentando actualmente en Baena. Ocurre precisamente lo contrario.

El boletín del Servicio Público de Empleo Estatal situaba el paro registrado en 945 personas en marzo de 2025 y en 901 en junio, con descensos interanuales del 15,32 % y del 12,78 %, respectivamente.

Los datos más recientes disponibles apuntan también a una evolución favorable. De hecho, en enero de 2026 se contabilizaban 812 desempleados en el municipio mientras que en el mes de septiembre la cifra había descendido a 778.

La problemática que afecta al municipio no puede describirse honestamente como una explosión del paro. Sin embargo, la reducción del desempleo no está consiguiendo traducirse en una recuperación demográfica ni en un nuevo ciclo económico capaz de retener población.

Es una diferencia fundamental. Tener menos parados es una buena noticia. Pero si, al mismo tiempo, la población continúa disminuyendo, el municipio envejece y el tejido empresarial no experimenta cambios sustanciales, la mejora del mercado laboral por sí sola no resuelve el problema de fondo.

Una economía que necesita más empresas, más inversión y más ambición

Los datos disponibles sobre el tejido empresarial tampoco permiten hablar de un desplome, pero sí de estancamiento. La serie empresarial consultada, elaborada a partir de datos del DIRCE, sitúa en 1.094 el número de empresas de Baena en 2025, frente a las 1.191 de 2022. Es decir, en tres años se habría producido una reducción de más del 8 %. La propia serie registra una caída acumulada del 5,6 % entre 2012 y 2025.

La estructura empresarial también dice mucho. Casi la mitad de las empresas —el 45,4 %— se concentran en comercio, transporte y hostelería, mientras que la industria tan solo representa alrededor del 8 % y las actividades de información y comunicaciones apenas alcanzan el 0,5 %. Según fuentes del SIMA de 2024, el 49% de las empresas no tenía ningún asalariado, mientras que las de 20 empleados o más no llegaban al 2% de una estadística en la que destacaban también los establecimientos con uno solo, generalmente autónomo.

Esto no significa que Baena carezca de empresarios. Sería injusto decirlo. De hecho, existen iniciativas privadas capaces de competir y destacar fuera del municipio. En 2025, dos empresas baenenses fueron reconocidas en los Premios Comercio Andalucía por su innovación y arraigo rural.

El problema, por tanto, no es la inexistencia de empresarios (paradójicamente existen hasta 5 asociaciones empresariales), sino la dificultad para convertir esas iniciativas en una dinámica económica lo suficientemente fuerte como para transformar la estructura productiva de la ciudad.

El propio Ayuntamiento ha reconocido la necesidad de actuar sobre esta cuestión y en mayo de 2025 puso en marcha un plan de apoyo a empresarios y emprendedores destinado a modernizar el tejido empresarial, mantener empleo y dinamizar la economía local.

Cuando una administración tiene que implementar planes específicos para recuperar competitividad, modernizar empresas y fomentar el emprendimiento, no demuestra necesariamente que todo vaya mal, pero sí revela que el problema de fondo existe y está reconocido institucionalmente.

La dependencia de las prestaciones

El Ingreso Mínimo Vital (IMV) es otro indicador que merece especial atención. Aunque no es una señal de fracaso por sí mismo ya que está concebido precisamente para proteger a hogares en situación de vulnerabilidad, su implantación en Baena resulta significativa.

En agosto de 2025, la localidad registraba 922 prestaciones de IMV, una tasa de aproximadamente 500 prestaciones por cada 10.000 habitantes, situándose entre los municipios cordobeses con mayor incidencia de esta ayuda. Un año más tarde, la cifra subía a 1.001, siendo 3.223 las personas dependientes de esta ayuda, lo que indicaría una precariedad económica total en 1 de cada 6 baenenses.

El dato es muy preocupante pero no conviene caer en una conclusión simplista. El IMV no causa la decadencia de un municipio ni sus beneficiarios son responsables de ella. Es un mecanismo de protección social. Lo que resulta significativo es que en una localidad con menos habitantes y una economía que necesita diversificarse exista una presencia tan elevada de prestaciones destinadas a combatir situaciones de vulnerabilidad.

La pregunta verdaderamente importante no es cuánto dinero se dedica a proteger a quienes lo necesitan, sino qué se está haciendo para que dentro de diez años haya menos personas que necesiten esa protección. Y para conocer, entre otras, esa respuesta, el Ayuntamiento encargó a la Universidad de Córdoba un estudio con el objeto de sistematizar información y delimitar zonas vulnerables. Sin embargo, sus resultados no han pasado de una mera exposición que no demuestra por sí misma si la situación ha mejorado o, contrariamente, ofrece unos resultados peores. Lo que cabría preguntarse realmente es qué ha cambiado en los últimos años en cuanto a número de perceptores de ayudas sociales, desempleo, subsidios agrarios y hogares atendidos. También sería necesario conocer cuánto ha pagado el Ayuntamiento por el estudio de la Universidad de Córdoba, así como lo que costará el observatorio instalado en San Francisco (tanto en financiación económica directa como en la puesta a disposición de edificios, suministros, etc.) ponderando ese coste con los resultados obtenidos (evolución de los beneficiarios, duración de la dependencia económica, inserciones laborales, etc.), todo ello evaluado, desde luego, por una auditora independiente que pudiese verificar de manera inequívoca si a la vista de los resultados, contratar este servicio ha merecido la pena.

Y es que la realidad que se percibe en las cifras no muestra una evolución positiva sino todo lo contrario. Según los datos de la Agencia Tributaria, a pesar de las políticas llevadas a cabo, las ayudas sociales se han duplicado en dos años. De este modo, la estadística municipal del IRPF indica que las rentas de inserción, recursos de subsistencia y mínimo vital entre 2022 y 2024 han pasado de 1.347.392 € a 2.696.942 €, lo que se traduce en un incremento aproximado del 100 %.

Lejos de querer dar una imagen catastrofista, reconocer todos estos datos fortalece, en lugar de debilitar, cualquier análisis serio. Y con ellos en la mano se puede concluir que Baena no está muerta, pero lleva demasiado tiempo perdiendo.

Quizá sea esa la conclusión más incómoda ya que a la par que existen algunas empresas que mantienen su actividad e incluso innovan, hay proyectos públicos en marcha y una actividad económica que continúa existiendo, el problema de fondo se agrava y es cada vez más preocupante.

Baena pierde población. Envejece y nacen menos personas de las que mueren. Las prestaciones sociales se han convertido en algo endémico y los recursos y potencialidades existentes no logran convertirse en un ciclo sostenido de crecimiento que logre el desarrollo económico de la localidad.

Por ello, conviene tener en cuenta que la verdadera decadencia no comienza cuando cierran la última tienda o cuando una empresa emblemática desaparece. Se inicia mucho antes, en el momento en que los jóvenes empiezan a marcharse porque no encuentran razones para permanecer y la sociedad termina aceptando como normal que cada año haya menos habitantes que el anterior.

Baena todavía está a tiempo de cambiar esa trayectoria. Precisamente porque conserva recursos económicos, patrimonio, agricultura, conocimiento y una posición territorial que pueden servir como punto de partida, pero para hacerlo necesitará algo que no aparece en ninguna estadística: un proyecto de futuro suficientemente ambicioso como para sustituir la resignación por iniciativa.

Porque el verdadero riesgo no es que Baena desaparezca mañana, sino que dentro de veinte años siga siendo reconocible, pero tenga varios miles de habitantes menos y todos hayamos terminado aceptando que era algo que no se pudo evitar. Y es que la decadencia tiene también una dimensión psicológica que las estadísticas no pueden recoger.

Una ciudad comienza a deteriorarse cuando sus habitantes dejan de creer en que las cosas vayan a mejorar.

El envejecimiento, la pérdida de población, la marcha de los jóvenes, la dificultad para encontrar oportunidades laborales, la escasez de nuevas iniciativas empresariales, la dependencia de prestaciones sociales, la percepción de inseguridad y el cansancio hacia una clase política que lleva demasiado tiempo utilizando los mismos argumentos terminan formando un mismo paisaje. No porque cada uno de esos fenómenos sea consecuencia directa del otro, no lo son, sino porque todos alimentan la sensación de una ciudad que administra su presente mientras tiene cada vez más dificultades para imaginar su futuro.

Y esa quizá sea la verdadera decadencia de Baena. No que todo vaya mal, no es cierto, ya que también existen datos positivos; pero una ciudad puede mejorar algunos indicadores y, al mismo tiempo, estar perdiendo fuerza vital.

Eso es lo que debería preocuparnos. Porque además de los problemas señalados anteriormente, los vecinos perciben otros muchos que las estadísticas oficiales no siempre consiguen reflejar. Inseguridad ciudadana, deterioro de determinados espacios, falta de mantenimiento, ausencia de grandes proyectos capaces de transformar la economía y, sobre todo, una creciente sensación de que todo se limita a gestionar lo que ya existe.

Quizá sea en ese punto donde haya que buscar la palabra que mejor define el momento actual: no crisis, sino estancamiento.

Una crisis obliga a reaccionar; un estancamiento, en cambio, puede durar años sin que nadie termine de asumir que el problema existe.

Baena lleva demasiado tiempo perdiendo oportunidades como para permitirse seguir confundiendo la supervivencia con el progreso. Tenemos ante nosotros una ciudad que corre el riesgo de acostumbrarse a la decadencia y lo peor que puede ocurrirle no es que pierda otros mil habitantes, sino que nadie consiga convencerla de que aún podría ganar diez mil nuevos.

José Manuel Cano de Mauvesín Fabaré

                            Historiador

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