Baena Hoy

Civismo, valor de la convivencia

Una de cal.... y otras de Arenas

Carlos Arenas

¿Qué clase de civilidad se da, que asegure la convivencia a los ciudadanos, en los lugares públicos donde vivimos en comunidad? Sales a la calle y te sientes rodeado de amenazas. Ese que avanza por la acera a ciegas con la solo mirada a la pantalla del móvil, Ese otro con la música en el coche, ventanillas abierta y volumen de discoteca, y otro que pasa con el estruendo insoportable y consentido por los locales de la moto.

Hay gente que atropella tu vivir en los espacios públicos, con grave y chulesca altanería. Muchos repartidores hacen gala de ello. Se suben en las aceras, aparcan en doble fila y no utilizan los espacios públicos de carga y descarga destinados a ello, porque les pilla muy lejos de donde van a descargar, en su apreciación interesada, y así, cómodamente descargan en la puerta del establecimiento receptor del paquete; hacen el reparto sin horario, cuando les viene bien, al que reparte, o a su empresa, ejemplarizando aquello tan chulesco del ministro franquista Fraga Iribarne, “la calle es mía”. Es verdad, hay veces con que se encuentran los espacios de carga y descarga ocupados por vehículos particulares.

Creo que el ejercicio más evidente de respeto a los demás en la convivencia de todos, es circulando por las calles de la ciudad, con precaución, amabilidad y cortesía. Los malos gestos, el claxon desmesurado y las llamadas desabridas a lo mal que se hace, surgen del prepotente avasallador, el matón, que procura siempre “pasar por encima de los demás”, buscando un efecto intimidatorio. No dejemos que se nos robe espacio de libertad, en ningún caso, porque alguien te empuje a hacer algo que no te corresponde hacer. Por ejemplo, que tengas que frenar porque no se te ceda el paso, cuando la preferencia en la circulación es tuya.

Paseo por la acera de calle, ahora más pues me han despedido durante unos meses poder conducir, por problemas de mi vista; cuando lo hago, circulo mi coche, Nissan Pafhinder, con sus veinte años que no son nada. Conduzco de manera civilizada, no pasando de veinte-treinta kilómetros por hora, siendo prudente y cuidadoso con la persona mayor que cruza por donde piensa es más cómodo, no por el paso de cebra y por donde no debe; controlo al crío, que jugando por la acera lo veo volcar toda su energía en ir a por el balón que ha escapado de su control y lo sigue a donde vaya, sea en la calzada por dónde van los coches o por la acera donde vienen esos mayores que no tienen ya los reflejos de juventud para esquivar el rayo juvenil, como de arma arrojadiza, que se abalanza sobre el balón llegado a sus pies, sombra de senectud. Me enfada, me enrabieta ese joven, o esa joven, que no se sabe cuál es su pretensión yendo a más de cincuenta km por hora, quizás reafirmar su personalidad con la velocidad, haciéndose notar y sentir con la música “a todo gas”, cuando va con el coche. Con ello, con ese estruendo violento y consentido de las motos. ¿que encierra esa pretendida manifestación de personalidad, que solo es huera?, ¿de gamberro, del que comete actos incívicos para molestar a los demás?, digo algo parecido con el repartidor o comercial que, con su furgoneta, va trabajando, la pone a más de cincuenta por hora, sin más, pues llega tarde a no se adónde, esquivando la buena suerte de no atropellar al falto de reflejos o al niño detrás del juego que se le ha descontrolado. ¿Cuántas veces nos hemos oído unos a los otros por las calles, al ver esas actuaciones “haciendo de Fittipaldi”, ¿¡adónde va ese!?

Veamos, cuento un incidente padecido con uno de esos Fittipaldi repartidor, conductor con conocida impunidad y chulesca actitud, por considerarse así, impunes a lo que hacen. La Policía Local parece que deja hacer por eso de “trabajando van”. Me encontraba, un día en el Llano (Plaza de España), salido de mi casa con calma, pues había terminado de desayunar con mi chica. Ella se dirigió al Ayuntamiento y yo a mi despacho, en la avenida Padre Villoslada. Espero, en ese Llano, que se abriera el semáforo para tomar la calle Virrey del Pino, en ese momento se me pone en el lado izquierdo una furgoneta de reparto. Se suelen poner ahí los que toman a la izquierda, pero también es señalada con una flecha que se puede dirigir o tomar la calle de enfrente, Virrey del Pino. Así, situados ambos, se abre el semáforo y como estoy un poco más adelantado que la furgoneta repartidora, su conductor da un acelerón y un volantazo a la derecha, para ponerse delante de mí, adelantarme, pues se encontraba en su recta un coche aparcado delante de la tienda de niños, nº 1 de la calle Virrey del Pino; me hace frenar para no colisionar por detrás con la furgoneta. Le pito con el claxon varias veces, llamándole la atención, se para más adelante en mitad de la calle, y con actitud de ¿qué pasa?, <<yo puede tomar ese carril pues hay dos flechas para la calle delante del semáforo>>,le digo <<no lo discuto, aunque tengo preferencia, lo que digo es que no es manera de conducir y menos la maniobra del adelantamiento que has hecho, no llevas razón, afeándole la agresiva actitud que con lógica descabellada pretende justificarla>>, respondiéndome <<He hecho lo que podía y se me permitía hacer>>, a lo que le digo <<No, si ahora vas a llevar razón, quita el coche de ahí, mira lo que estás liando detrás de mi>>, a ello espeta <<Ahí lo voy a dejar hasta que venga la Policía Local>>. No aguanto con calma esto último y le digo hecho un energúmeno, <<Bien dicho chulo, matón, ahora mismo la llamo yo>>. No me dio tiempo, pues se fue antes. Finalmente, así se pudo resolver el embotellamiento producido por este joven repartidor, corpulento y cachas…

Se me contó que uno, se acercó a la ventanilla del repartidor y le dijo <<ese que tienes ahí detrás y con el que has discutido, fue alcalde de aquí y no sé qué se ha creído, te lo digo para que lo sepas>>. al que me lo cuenta, amigo, le digo, <<yo, ni como alcalde ni ahora, me he creído nada>>. Excepto, que siempre me he manifestado y ejercito mi ser como ciudadano, no permitiendo que se me arrolle en los derechos que me asisten, así sea más grande el que lo pretende, sin este tener nada de razón. Suelo decir esto de <<cuando llevo razón no dejo posibilidad de que se me quite, cuando no la llevo, soy capaz hasta de ponerme de felpudo, para el que la lleva se raiga, afianzándola con el raído>>. amén

El tipo que dice <<…y no sé qué se ha creído>>, me gustaría saber quién es para decirle, algo de eso, de lo que me tengo creído…Eso sí, me creo en no dejarme avasallar y me he creído, también, tener un compromiso social por los problemas de mi pueblo y procuro, con mi personalidad, cultivar adecuadamente la convivencia con empatía, vivir en la creencia, con mis actos, de que soy un hombre decente y honesto…

Si no antepones tus derechos a la intimidación y la coacción del más fuerte, éste se saldrá siempre con la suya. Nos puede traer quebraderos de cabeza, no dejarse robar esos derechos, aunque parezcan algo nimios, y no merezcan dar la cara por ellos. Así, nos vamos dejando, y en los derechos de supuesta más enjundia, también nos lo dejamos arrebatar sin ni siquiera protestar. No creo que sea posible vivir en paz con uno mismo, si nos paraliza la cobardía para actuar, para pensar, termina esto en no ser posible vivir con el cobarde en se ha convertido uno.

La falta de criterio y de razones para elegir qué hacer, no ayuda a su vez a reforzar la voluntad.

Como la mosca que se manotea para apartarla y que no moleste, así veo a los repartidores que llevan a los supermercados y a otros comercios sus pedidos, o a particulares sus paquetes de la compra por Internet de Amazon o de Ikea.

En la puerta del bar-bocatería abierto recientemente, me encuentro y llega ese repartidor con furgoneta, que la deja en mitad de la calle Duque de ahumada. Entra a GRAFIBA a dejar o recoger algún paquete, sale y se mete en la furgoneta, antes de irse, con un acelerón de pijo quemando rueda de moto, deja una cola de vehículos que llegaba hasta la Avda. Padre Villoslada, frente a la SAFA. “Deprisa, deprisa, como el conejo blanco de Alicia en el País de las Maravillas. Estos depredadores de nuestro tiempo y de nuestra paciencia, no tienen compasión ni con “la rotura de aguas”. No queda más remedio que esperar a que tiren…mientras lo hacen, los de atrás a joderse, con perdón.

Me piden, mis queridos seres queridos, y mis más apreciados amigos, que reprima mi carácter, la vehemencia con la que se expresa mi personalidad, cuando la ira me urge ante cualquier atisbo de incivilidad y falta de convivencia comunitaria. Les produce sonrojo y se avergüenzan de que les cuenten que su padre o su amigo Carlos “ha montado un numerito” de grueso histrionismo. Verdad. Lo que duele, es que las cosas se saquen del contexto en el que se producen, y un incidente con alguien que pretende “arrollar” a los demás se agrave con una intensidad que no fue dada. Se que tengo que dejar de hacerlo, mis 76 años deben de obligarme a ello, mucho esfuerzo de voluntad eso de mirar para otro lado, cuando vea llevarse por delante, arrollar, unos niñatos, a la anciana que transita por la acera.

Siempre se cede, la acera o el paso por una puerta a la persona mayor, eso me enseñaron en la escuela, “urbanidad”, aún lo práctico, ya no dejaré de ser un clásico; respeto al ser humano, merecedor de ello… Y al que no lo haga, a reprochárselo.

El civismo, valor de convivencia.

Carlos Arenas, primer alcalde de la democracia, 1979-1983

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