martes, julio 28, 2026
BJose Antonio Santano

Baena

Nos queda la palabra

José Antonio Santano

           Como ya habrán podido comprobar los fieles lectores del digital Baena Hoy, “Nos queda la palabra” viene a ser una sección de artículos de opinión con los cuales afrontaré las distintas realidades de nuestra sociedad actual, desde el máximo respeto a las contrarias y con la única intención de crear un verdadero pensamiento crítico. El título de esta sección procede de un poema de Blas de Otero (En el principio), que el cantautor Paco Ibáñez convirtió en la canción Nos queda la palabra, ¿recuerdan?: …Si he sufrido la sed, el hambre, todo / lo que era mío y resultó ser nada, / si he segado las sombras en silencio, / me queda la palabra. Hoy, en una situación muy diferente a la de aquellos años de conciertos en el Olimpia de París, pero preocupante por el tono de confrontación y polarización social que se está produciendo, se hace imprescindible invocar “la palabra” como única forma de entendimiento posible, en la creencia de que sólo la “cultura” es el único instrumento o herramienta capaz de sofocar esta deshumanización creciente e instalada en el seno de nuestra sociedad actual,  de manera que dicha situación pasa, definitivamente, por restituir los valores humanos como ejes fundamentales de una sana convivencia.                                                                                                                            Así, esta columna o sección periodística, estimados lectores, contendrá “la palabra” como expresión sincera de análisis y reflexión de lo diverso y diferente, pero sin renunciar, a la libertad que todo ser humano tiene a formular opiniones e ideas. Bajo este prisma y no otro inicio esta aventura por la cultura, la crítica y el pensamiento, y con la seguridad de que seréis muchos los que me acompañaréis en este, espero, apasionante viaje.                                                                                                         Recuerdo que en mi primer libro de poemas Profecía de otoño, galardonado en Sevilla con el XV Premio Internacional “Barro” (1993), ya se pergeñaba lo que desde entonces a día de hoy fue y sigue siendo el centro sobre el cual se sustenta mi poética, es decir, mi espiritualidad, enraizada fuertemente al paisaje y a la tierra que me vio nacer: Baena. Porque, estimados lectores, Baena es más que una palabra pronunciada hasta la saciedad, sin más entidad que las letras o sílabas que la componen. Baena es mucho más que todo eso. En aquel primer libro la nostalgia y el sentimiento de pertenencia a un territorio determinado era la clave esencial de la existencia. En el recuerdo de ese tiempo pasado nació Profecía de otoño y en esa profecía se contenía la esperanza de «ser» y «estar», no con impostura, sino desde el propio idealismo del poeta, ese que ahonda en las cosas sencillas y en la belleza de todos y cada uno de los silencios que forman parte de la vida. En sus primeros versos, la presencia de la casa familiar (calle Alta, nº 8, ignoro qué número le corresponderá ahora), la escuela (calle La Estrella), los juegos infantiles (el corro, el aro, el trompo…), las tardes de aceituna, el tañer de campanas, el vendedor de hojaldres calientes y el de almezas, madroños y majoletas; las carreras por San Bartolomé, Doctora, Cava, Mesones, Alta y Plaza Vieja, y todo, como una luz cegadora recorriendo la memoria, para crear al fin el lugar sagrado y mistérico donde habitan los sueños.

            Mi primer libro fue el inicio de un viaje que, por fortuna, aún no ha concluido, y que espero dure muchos años más, pues Iponuba, Bayyana, Torreparedones o Bora, Baena en todo su amplia concepción cultural, geográfica, mitológica, histórica o literaria pertenece a sus pobladores, y, por ende, es consustancial a la voz del poeta, a mi voz:

Tardes de otoño cobrizo. La almazara                     

                                    muele el negro fruto. Aromas

                                    de alpechín. Columnatas de capachos. El reloj

                                    de la pared marca las cinco. La radio

                                    anuncia la novela. El comedor

                                    rebosa de silencios.

                                               (…)

                                    ¡Tardes de aceituna y menta

                                    quién me las devolviera!

           Este es el lugar, el territorio del poeta y del hombre, la Arcadia personal, el Paraíso que aspira conquistar con la existencia. Ahí, solo ahí convive la soledad y el silencio del poeta para crear un universo en el cual la realidad vivida trasciende en otra bien distinta y que, en humilde expresión de lo sentido y vivido, se quiere compartir y se comparte, a través de la palabra con el resto de la ciudadanía. Es la poesía, en su más pura esencialidad, la que está muy presente en la palabra “Baena”, sin impostura alguna, libre y consciente de su verdadero valor de cambio o transformación social.