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Angelines Ortiz conmueve a Baena con un pregón que ha latido entre redobles, versos y lágrimas

A veces, las palabras no se pronuncian, se sienten. Y cuando la voz que las dice brota desde lo más hondo del alma, se transforma en plegarias, en estampas vivas, en procesiones que marchan al ritmo de un corazón baenense. Eso fue lo que ocurrió este año cuando Angelines Ortiz, con la humildad del que ama y la fuerza del que ha sufrido, se alzó como pregonera de la Semana Santa 2025 de Baena.

Desde el primer instante, la atmósfera era especial. El teatro —ese mismo que la ha visto vestirse con las más diversas pieles durante años— se transformó en templo.

En su primera pasión —la familia—, Angelines no ocultó las heridas que deja la vida: la enfermedad y la pérdida de su marido, Francisco. Pero tampoco escondió la fuerza que brota del amor a sus hijos, Javier y Arancha, su mayor orgullo. Javier, cofrade ejemplar, hermano mayor de la centuria romana de la Veracruz, heredero de una devoción que ha nacido, literalmente, al son de un tambor.

El segundo amor la lleva a la Almedina, a esas calles empedradas por donde caminan los recuerdos de su infancia. Desde la calle Arco de Consolación hasta la calle Coro, cada esquina tiene su historia, cada fachada una oración. Allí germinó su fervor mariano, en el colegio La Milagrosa, cuando recitaba versos a la Virgen en los mayos floridos de su niñez.

Y el tercer amor…, la Semana Santa. El alma de Baena. Esa que palpita con cada tambor, que llora con cada madrugada y que resucita con cada alborada de Pascua.

Un pregón hecho de carne y alma

Cuando Cristóbal Pérez tomó la palabra, dejó claro que esto no era un pregón más. Habló del teatro como génesis de nuestras cofradías, de cómo aquellos antiguos escenarios se han convertido en tronos y pasos. Y con lágrimas contenidas, rindió homenaje a la actriz, a la madre, a la hermana en la fe que es Angelines Ortiz.

Con la voz firme, dulce y apasionada de Angelines: “Jesús preguntó a sus discípulos…” Así empezó un viaje emocional que recorrió todos los misterios de la Pasión. Desde la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, hasta el gozo inmenso de su Resurrección, pasando por el dolor del Huerto, la traición, el calvario y el sepulcro.

Pero este no fue un pregón de cronología litúrgica. Fue un testimonio. Fue poesía encarnada. Angelines no describió, vivió. Cada estación de penitencia, cada calle de Baena, cada traje de judío o de romana, cada lágrima de madre, estaban allí. Su voz era un tambor de cebolleta. Era un gallardete al viento. Era un beso desde una ventana a la cara ensangrentada del Nazareno.

Recordó a quienes, desde el cielo, siguen redoblando: su marido, los abuelos cofrades, los amigos que sembraron fe entre olivos. Hizo mención especial a figuras humildes y esenciales como Josefina y Conchi, guardianas de Santa Marina, o los hombres del campo que llegaban sin descanso para vestir sus trajecillos blancos.

La emoción que se hace carne

El teatro estalló en aplausos. Pero más que eso, en lágrimas. Porque Angelines no se limitó a pronunciar un pregón. Lo encarnó. Su voz tembló cuando habló del prendimiento, se hizo oración cuando caminó con María Magdalena, se tornó silencio cuando se encontró con la Virgen de la Soledad. Y al final, cuando todo parecía dicho, un redoble en el alma nos recordó que la luz no se apaga. Que Cristo ha resucitado. Que todo lo vivido cobra sentido bajo el cirio pascual.

Angelines ha hecho historia. Ha puesto palabras a lo que muchos solo saben sentir. Ha pintado con su voz el alma de un pueblo que en Semana Santa se transforma, se purifica, se reencuentra con lo sagrado.

Y así, con su mirada puesta en el Cristo Resucitado y sus palabras entrelazadas con fe, arte y amor, Angelines Ortiz ha escrito su nombre con letras de incienso y redoble en el libro de la Semana Santa baenense.

 

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