jueves, julio 30, 2026
BCarmeli Piernagorda

Aceituneros de ayer y hoy almas del campo andaluz

En una clara mañana de este noviembre que se acaba me asomo al mirador de la Almedina y mis ojos como siempre enamorados del paisaje vislumbran los olivos milenarios cargados de sueño y esperanza, verdes ilusión.

Ahora todo se adelanta y también la recolección que antes empezaba después de la festividad de la Purísima. Cierro los ojos y me asomo al balcón del recuerdo, me lleva el tiempo que los caminos estaban llenos de mulas pardas que a voces del arriero arrastraban los carros que fabricaba mi abuelo y que iban cargados con sacos de aceitunas para llevarlo a los antiguos molinos donde bajo la mirada de los que cagarraches eran estrujadas en el rulo y prensadas entre capachos que giraban y giraban, brotando chorro de aceite verde virgen. Como rayos blancos de cal de pintaban en el horizonte los cortijos perdidos donde los aceituneros jugaban al corro, cantaban coplillas, se enamoraban bajo la luz de los candiles. Un golpe de aire gélido azota mis mejillas y me hace sepultar el recuerdo que siempre te hace vivir de nuevo y veo la realidad del presente donde el tractor ha invadido los caminos y la tecnología se ha implantado en los molinos y en el campo.

Más el olivo es el mismo, perenne, altivo, cobijando amores, arropando sueños, necesitando de los brazos del hombre y de la mujer que envejece a su sombra, entregándose a él a recoger sus frutos, las aceitunas, o para evitar sus plagas abonándoles con peligro de su salud, o montando modernos tractores , manejando paraguas, dándole rulo, o recortando sus alas en la tala que solamente saben los expertos.

Hombres y mujeres que saben lo que es el olivo que se dibuja en el paisaje, que lo conocen, lo mima, que hablan con él, que sufren con él en los duros días duro invierno cuando el sol no quiere calentar la tierra o cuando la bendita lluvia, alimentos del árbol, ablanda el terreno haciendo intransitable su paso.

Hombres y mujeres humildes que generación tras generación han sido parte del olivo, saben de la profundidad de sus raíces, del dolor de sus retorcidos troncos, con el que se funde para que el oro líquido sea el milagro que nos hace degustar un exquisito manjar para nuestro paladar y un manantial de salud para nuestro cuerpo. A esos hombres y mujeres, que a través de los siglos han hecho junto al olivo la realidad de que el oro líquido emana cada vez con más calidad y sea fuente de vida.

Está pluma sencilla que desde el Almedina mira al mar de olivos que se extiende por las laderas y llanuras y que ciñe a Baena haciéndola la Ciudad del Olivar y el Aceite.

Carmeli Piernagorda