“La infiltrada”: un thriller de identidad y sacrificio que devuelve la memoria de los años más oscuros de ETA
Arantxa Echevarría, cineasta conocida por su mirada sensible y directa en “Carmen y Lola” o “La familia perfecta”, da un salto narrativo hacia un terreno mucho más áspero con “La infiltrada” (2024). La película, proyectada en el Cinema Parque de Baena los días 3 y 4 de septiembre, rescata del olvido la historia real de Aránzazu Berradre Marín, la única mujer que logró infiltrarse en el núcleo duro de ETA durante los años noventa.
Trama: tensión entre la verdad y la máscara
El guion de Echevarría y Amèlia Mora, basado en una idea de María Luisa Gutiérrez, evita caer en la tentación del panfleto para apostar por un relato humano donde lo personal se mezcla con lo político. La cinta se centra en el proceso de infiltración y el dilema identitario de Aránzazu, obligada a borrar su pasado y convivir en un piso con dirigentes terroristas mientras la banda declaraba una tregua falsa. El guion acierta al mostrar la crudeza de esa doble vida: la soledad, la fragilidad emocional y el riesgo constante.
Sin embargo, hay momentos en que el ritmo se resiente; algunas escenas explicativas ralentizan la tensión, como si se buscara subrayar con demasiada insistencia el contexto histórico.
Echevarría demuestra una madurez cinematográfica notable. La directora no solo recrea con verosimilitud la atmósfera opresiva de los noventa en Euskadi, sino que también se adentra en el interior de su protagonista. Su cámara se acerca con discreción a los gestos mínimos de Carolina Yuste, logrando transmitir la angustia de una mujer que nunca puede relajarse ni siquiera en los silencios.
La película rehúye la espectacularidad gratuita y opta por un realismo seco, que en ocasiones recuerda al cine europeo de espionaje más psicológico, como el de La vida de los otros.
Fotografía y música: la atmósfera del miedo
La fotografía de Javier y Daniel Salmones apuesta por tonos sombríos, casi metálicos, que capturan la sensación de encierro y clandestinidad. Las luces tenues en pisos francos y bares nocturnos contrastan con la crudeza luminosa de las calles vascas, logrando un equilibrio visual entre lo íntimo y lo político.
La música de Fernando Velázquez se mueve en registros sobrios y tensos, sin caer en grandilocuencias. Sus cuerdas y notas graves sostienen la tensión emocional, acompañando más que subrayando, y reforzando esa sensación de que en cualquier momento la farsa puede desmoronarse.
Con una duración de 118 minutos, “La infiltrada” se erige como un thriller sólido y necesario, capaz de remover la memoria colectiva y poner en valor la valentía anónima de quienes se jugaron la vida para desmantelar a ETA desde dentro. Carolina Yuste brilla en un papel memorable, y Echevarría consolida su versatilidad como directora.
En definitiva, una película imprescindible para quienes buscan un cine español que combine rigor histórico, tensión dramática y profundidad humana.

