jueves, septiembre 10, 2026
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Manuel Espejo: «Entre olivares sagrados es volver a mi tierra, pero con la madurez que me ha dado el tiempo»

Hay entrevistas que terminan convirtiéndose en una conversación. Esta es una de ellas. En el patio de su casa en Baena, Manuel Espejo no necesita demasiado tiempo para viajar medio siglo atrás. Basta preguntarle por su nuevo libro para que aparezcan los olivares, los trigales de su infancia, sus padres, los juegos de niño, Madrid, sus nietos, Lourdes y esa tierra a la que siempre acaba regresando.

Dos años después de presentar Quiero aprender a mirar, el escritor vuelve con Entre olivares sagrados, publicado por Editorial Popular. Es su quinta obra poética y llega cuando Espejo, a sus 68 años, mira hacia atrás con una perspectiva diferente. No es únicamente nostalgia. Él lo resume con una frase que atraviesa toda nuestra conversación: «Es volver al origen, pero con otra madurez».

El libro habla de la vida, de la memoria y de las personas que permanecen incluso después de haberse marchado. Y, sobre todo, habla de unas raíces que el autor nunca cortó pese a llevar décadas viviendo fuera de Baena.

—El título, Entre olivares sagrados, parece contener buena parte del sentido del libro. ¿De dónde nace?

—Surge de un momento con Lourdes. Ella me dijo: «Manolo, yo quiero que mis cenizas estén aquí, entre estos olivares, en la tierra de nuestra Baena». Aquello me llevó al poema que da título al libro. Es como el poema central de este trabajo.

Pero también lo he llamado así porque para mí supone volver al origen, aunque con otra madurez. Es la madurez de mis 68 años. Vuelvo a hablar sobre la vida y sobre asuntos que he dejado reposar. Hay algo mágico cuando dejas descansar un texto durante un tiempo y después vuelves a leerlo y todavía consigue emocionarte. Es una manera de tomarle el pulso a lo que has escrito.

—Ese regreso al origen nos lleva directamente a tu infancia. ¿Qué Baena encontramos en estos poemas?

—La infancia está muy marcada. Yo me marché con 18 años y los cumplí ya en Madrid. Cuando uno se marcha con esa edad, la infancia, la juventud y la adolescencia se quedan muy dentro.

Nosotros vivimos durante mucho tiempo en Villa Araceli. Aquello era prácticamente la última casa. Recuerdo los trigales, bajar al arroyo, la Pedriza, el paisaje de olivos, el trillo en la era y los juegos de chiquillos en la calle Padre Villoslada. Esa fue mi infancia.

En el libro hay un poema, Decir casa, que habla precisamente de eso: volver a la infancia, encontrarme con mi madre, mi padre, mis hermanos, mi abuela… Los afectos, la sencillez, los olores, el pan con aceite y chocolate, las canicas, el trompo, el escondite entre los trigales. Son cosas que permanecen en la memoria.

—Llevas muchos años viviendo fuera. ¿La distancia ha terminado haciendo más fuerte tu relación con Baena?

—Para mí aquel tiempo está siempre presente. Lourdes me dice que cuando vengo aquí hasta me cambia el semblante. Yo no puedo verlo, pero sí siento esa alegría.

Aquí me encuentro entre amigos, estoy en mi casa. Mis padres murieron jóvenes y están enterrados aquí, también mis abuelos. Mis hermanos, María Ángeles y Francisco Antonio, viven aquí. Tengo una carga emocional muy grande.

Y, si Dios quiere, yo también volveré algún día a esta tierra para que reposen aquí mis restos.

Cuando subo al campanario de Santa María la Mayor y contemplo la campiña cordobesa, lo que veo no es solamente un paisaje. Es algo mucho más profundo: estoy contemplando mis raíces.

—¿Por eso sigues recorriendo Baena casi como quien necesita reconocerse en sus calles?

—Sí. Me gusta mucho pasear con Lourdes. A veces me preguntan: «¿Vas a tu pueblo a pasar calor?». Y yo digo que cuando uno vuelve a su tierra, si hace calor, pues hay que madrugar, dormir la siesta y trasnochar.

Por la noche me gusta subir al casco antiguo, disfrutar del paisaje y de esos edificios con tanta solera. Hago fotografías que probablemente son muy parecidas todos los años, pero necesito volver a recorrer esas calles.

Bajo a la Fuente Baena, contemplo sus caños, paso por la calle Llana, por Amador de los Ríos… Hay lugares que contienen muchas cosas para mí. Mi literatura está inevitablemente unida a todo eso.

—En esas raíces también aparecen las personas que ya no están. ¿Escribir consigue devolverlas de alguna manera?

—La pérdida en su momento supone una pena enorme, un desgarro del alma, de las entrañas. Pero después todo eso se transforma también en fuerza y hace que sientas todavía más intensamente determinadas cosas.

Hay personas que siguen muy presentes. Mi anterior libro, Quiero aprender a mirar, por ejemplo, estaba dedicado a mi amigo Miguel Ángel. Para mí era como un hermano. Su muerte fue un golpe muy duro.

La escritura tiene mucho de memoria. Y yo llevo escribiendo desde 1976. Son ya cincuenta años tomando cosas de la vida y convirtiéndolas en palabras.

—Precisamente en 1976, con apenas 18 años, sales de Baena y llegas a un Madrid que estaba viviendo un momento histórico. ¿Qué queda de aquel joven en el escritor de hoy?

—Yo quería volar. Había terminado Oficialía Industrial y el siguiente paso podía haber sido marcharme a Granada para hacer la maestría, pero quería irme a la gran ciudad, descubrir mundo.

Llegué a Madrid el 1 de mayo de 1976 y el día 3 ya estaba trabajando. Empecé como mozo de almacén. Después fui avanzando, estudiando, formándome hasta desarrollar mi trayectoria profesional en el sector asegurador y llegar a responsabilidades de dirección.

Madrid me permitió recorrer un camino enorme. Viví la Transición con los ojos de un muchacho que muchas veces ni siquiera era consciente del peso histórico de lo que estaba sucediendo. Recuerdo manifestaciones, huelgas, aquella incertidumbre… Todo aquello también te va formando.

¿Qué permanece de aquel joven? Seguramente las ganas de descubrir cosas. Lo que ha cambiado es la madurez y la manera de mirar.

—Después de medio siglo escribiendo, ¿qué papel tiene hoy la poesía para Manuel Espejo?

—La poesía me ha ayudado muchísimo, incluso cuando escribo narrativa. Te enseña a introducir al lector en determinados momentos, a trabajar las descripciones, la sensibilidad, una discusión, un encuentro, una emoción…

Llevo más de cincuenta años escribiendo y, evidentemente, no todo lo que escribí entonces vale. Con el tiempo vas buscando la calidad y tratando de mejorar.

Además, me gusta que mis presentaciones sean participativas. Cuando otras personas ponen mis poemas en su boca, yo los escucho de otra manera. En ese momento ya no son míos, son de ellos. Es como desprenderte del poema y entregárselo al lector.

—En este libro hay otra entrega muy especial: la dedicatoria a tus tres nietos, Francisco, Martina y Carla.

—Mis tres nietos son como tres soles. Lourdes fue quien me dijo que el libro debía estar dedicado a ellos.

Para mí representan una ilusión nueva cada día. Y sí, de alguna manera también les estoy entregando una parte de mis raíces.

Francisco es el mayor y mis dos nietas nacieron en Puertollano. Cuando nació Martina pensaba que había llegado al mundo en la tierra de Don Quijote y de Cervantes. Son cosas que luego van entrando también en la literatura.

Hay un poema relacionado con Carla y con Lourdes, La abuelita Lourdes teje sueños. La imagen es muy sencilla: ella tejiendo sus cosas para los nietos mientras yo escribo versos. Si uno se detiene a contemplarla, es una escena muy evocadora. Eso es también la poesía: descubrir lo extraordinario dentro de algo aparentemente cotidiano.

—Lourdes aparece una y otra vez en esta conversación. Parece imposible entender este libro sin esa complicidad.

—Nos conocimos en diciembre de 1975. Han pasado muchísimos años y seguimos riéndonos juntos, seguimos teniendo esa complicidad.

Lourdes es además la primera receptora de mis textos. Cuando termino un trabajo y ya tengo los poemas seleccionados, se los doy. En este libro le pregunté qué diría sobre esos textos y comenzó a hacerme un esbozo. Le dije: «Lourdes, esto es el prólogo. Ya puedes escribirlo».

También muchas de las fotografías interiores son nuestras. El libro está ilustrado con olivos y la portada muestra un olivo centenario. Quería que ese paisaje estuviera presente visualmente porque este mar de olivos que nos rodea ha hecho mucha mella en mí.

Hay además uno de los últimos poemas del libro, Los dos somos del instante que vivimos, que habla precisamente de compartir el tiempo, de caminar juntos y de dos vidas que acompasan sus pasos.

—Cuando el lector cierre Entre olivares sagrados, ¿qué te gustaría que permaneciera de ti?

—Que me recuerde como buena gente. Me gusta la gente, hablar con los mayores, la amistad, conversar con personas más jóvenes que tienen energía, intercambiar impresiones…

Si alguien puede tomarme como referente en algo bueno, ojalá sea así. Me gustaría que me recordaran como una persona entrañable y como alguien que no olvida su tierra.

También soy creyente y la fe está presente en mi vida. Yo solo pido tener salud y que mi cabeza siga funcionando para poder continuar escribiendo.

«Volver a encontrarme con algo muy mío»

Cuando la conversación parece llegar a su final, Manuel Espejo vuelve al principio. A los olivos. A Baena. A aquello que explica el libro.

Entre olivares sagrados, asegura, es fundamentalmente «volver al origen, a mi tierra». Un regreso que engloba a «la gente de mi pueblo, mis paisanos, mis amigos y mi familia», pero realizado desde la perspectiva que concede el tiempo.

Espejo continúa tomando notas en una pequeña libreta. Una frase escuchada al azar, una conversación, un amanecer o un atardecer pueden acabar convertidos en materia literaria. La naturaleza sigue siendo uno de sus grandes espacios de observación.

Y quizá ahí se encuentre la mejor explicación de este nuevo poemario. Después de cincuenta años escribiendo y de toda una vida transcurrida entre Baena y Madrid, Manuel Espejo vuelve a mirar el mismo paisaje de su infancia. Los olivares siguen allí. Quien los contempla ya no es aquel muchacho de 18 años que un día salió de su pueblo para «volar», sino un escritor de 68 que regresa para reconocerse en ellos.

Presentación del Libro:  Casa de la Tercia  10 de septiembre   20:00 horas