martes, julio 28, 2026
BJose Antonio Santano

Rafael Ruiz Arjona: Luz de la Historia

Nos queda la palabra

José Antonio Santano

 

          En sus Canciones a Guiomar, el maestro Antonio Machado escribía: «Se canta lo que se pierde». Acertaba de pleno Machado al escribir lo que el corazón dictaba a su conciencia, a la manera de «ser» y «estar» en el mundo, algo que referido a nuestro querido amigo y paisano Rafael Ruiz Arjona recuerda el gran legado que este humilde hombre y honesto investigador ofrece a las generaciones actuales y venideras. La luz de la historia baenense era más luz si Rafael Ruiz, seducido por la voz de la memoria quiso proyectar desde una incansable labor de indagación en los archivos donde se preserva cuidadosamente nuestro pasado, fuese el Archivo Histórico Nacional o la Biblioteca Nacional, entre otras instituciones, para comprender mejor nuestra propia historia local, por las que tantas y tantas visitas realizó hasta conseguir los datos necesarios para crear un corpus histórico cuyo resultado no fuera otro que enriquecer y sentar las bases para que otros investigadores más jóvenes se animaran a desarrollar sus propios estudios o avanzar en otros nuevos que configuraran esa historia de Baena, tan desconocida en muchos aspectos y tan sorprendente al mismo tiempo.

          Si tuviera que definir la figura de Rafael Ruiz Arjona no tendría más remedio que hacerlo con pocas palabras: un ser de una humildad superlativa, amigo de sus amigos, defensor acérrimo de la cultura como pilar fundamental de transformación social y de muy grande corazón. Consecuencia de este «estar en el mundo», Rafael representa, aun hoy y tras su reciente fallecimiento, los valores humanos más elementales de respeto, libertad, compromiso y solidaridad. De su experiencia vital nace el enraizamiento a la tierra, a los orígenes, algo que siempre llevó a gala, quizá de una manera silenciosa, pero efectiva, porque de él siempre se podía aprender. Cada vez que Rafael visitaba un archivo y se adentraba en la letra impresa de los cientos y miles de documentos que sus ojos examinaban con verdadera delectación, el tiempo dejaba de existir. Y es curioso, en este sentido que, siendo Rafael un hombre comprometido con el saber y su proyección más allá de lo estrictamente local, no haya recibido el reconocimiento suficiente en relación a su labor investigadora, cultural y humanística, al menos ‒otros lo han sido con más carencias‒, con alguno de los nombramientos existentes en instituciones de carácter local o provincial.

          El silencio de la soledad creadora ha sido para Rafael Ruiz una máxima, que no es sino la que distingue a los grandes pensadores, a los artistas, también a quien resiste las horas, los días y los años pegado a una silla de un Archivo para compartir su saber con el resto de sus conciudadanos. Nunca, ciertamente, el desánimo le asistió por muchos obstáculos que encontrara en su camino y siempre estaba dispuesto a conversar, a ahondar en los temas de su interés, hasta la extenuación. La muerte de Rafael Ruiz no es sino un legado de vida, la suya, la que compartió con sus paisanos cada vez que se desplazaba desde Madrid a Baena, también la que nos entrega con su ingente obra como investigador y humanista, con esa humildad que caracterizaba su personalidad y que quienes tuvimos la oportunidad de conocerlo disfrutamos intensamente. En mi caso, confieso que hubo muchas ocasiones para profundizar en su legado, tanto personal como cultural y he de reconocer y reconozco públicamente que mucho aprendí de su continua curiosidad por descubrir, por acumular el máximo saber posible, y, sobre todo, por su humanidad, un valor desgraciadamente en continuo receso hoy en día.      

          Baena tuvo la suerte de ser el claustro materno de un gran hombre, en todos sus ámbitos (antropológico, cultural, histórico y humanista), y así debemos recordarlo siempre. Nos queda, afortunadamente, su obra, y, por tanto, entiendo que la manera de homenajearlo, como él hubiera querido, es conservar su legado, leer sus libros, acercarse a sus archivos personales, donados a Baena para que futuros investigadores puedan acceder a ellos y conocer mejor su propia historia.    

          Como dijo el poeta: «Se canta lo que se pierde» y yo quiero cantar, dejar que mi voz se una, melodiosa, a otras voces, al canto de los árboles, del aire, del agua en su destino de luz; al recuerdo de quienes fueron y serán siempre ejemplo de humanidad y vida:

Con Rafael Ruiz: un día cualquiera de abril. La luz abrasa la torre del Sol y dos hombres caminan por su sendero. Caminan lentamente, como si el tiempo se hubiese detenido, como si el color anaranjado de la tarde se posara sobre el cerro y alumbrara los sueños. Nada temen, nada les turba. Hablan y caminan acompañados del aire y sus silencios, del canto de los pájaros que se acercan y vuelan el cielo de las palabras. Dos hombres caminan y se abrazan a los colores del día, al fresco aroma de los campos de olivares. No hay prisa. Hablan los poetas en sus azulejos de azul y de aceituna, dulce voz que abrasa la piel y los recuerdos, como si el vacío y lo absoluto fueran la misma cosa, el núcleo mismo de la vida. Los dos hombres avanzan por el solitario sendero, franquean el Arco de Consolación, una de las entradas al antiguo recinto amurallado de la Almedina. Tras pasar el torreón almohade, un silencio les embarga a ambos que abstraídos en sus pensamientos avanzan hasta el adarve, ese pasillo almenado que conduce a la principal puerta de acceso a la villa a través del Arco Oscuro, torreón en otro tiempo cabildo municipal. Los dos hombres se miran fijamente a los ojos mientras un último haz de luz dispone sobre la piedra la hora del crepúsculo, un mágico instante que viven recogidos en sus propios silencios; el uno, notario que nos lega el testimonio de la historia; el otro, hacedor de un paisaje inextinguible de olivares plateados a la luz de la luna. Ahora los dos hombres se detienen frente a una casa blasonada y tocan su minúsculo timbre, quieren saludar al entrañable amigo, al inconmensurable artista que la habita. Su obra pictórica es un espectáculo de luz y color; la escultórica: un bello jardín de bronce y de acero por el que vuelan diamantinas libélulas, nombres y sueños. Tras la puerta aparece envuelto en azulada luz el artista, que abraza en ese instante a sus dos visitantes. ¡Fue aquella casa testigo de tantas conversaciones sentados alrededor de la chimenea o en el estudio! ¡La casa de Ariza, siempre al abrigo del pensamiento y la   palabra, morada del amor!  Tras el abrazo, ahora los tres hombres dialogan sobre todo lo humano y lo divino. Las paredes escuchan, los innumerables lienzos aroman aceite recién prensado, la casa entera se ha vestido de luces y colores, de ecos y retumbos de tambores al compás del miserere en la tiorba del maestro Monroy. Todo allí es mistérico y místico, alma en todas las cosas del universo. El tiempo no existe, solo el rumor de la palabra en sus labios incendiados de indestructible amistad. 

          Tras placentera charla, ahora los tres hombres continúan el camino. Las campanas del convento de Madre de Dios tañen alegres y la iglesia de Santa María La Mayor ‒la pequeña catedral‒ abre sus ojos al mundo, orgullosa de sus hijos. Los tres hombres caminan hacia el Arco de Santa Bárbara, tercera entrada de acceso a la antigua y noble villa, y en esta ocasión de salida, hacia el ocaso. Los tres hombres se estrecharán en un abrazo eterno y seguirán caminando por el laberinto de callejas. Ante la apenada mirada del tercer hombre y tras la despedida, Rafael y Paco regresarán juntos a sus respectivas moradas. Se les ve alejándose lentamente hacia la umbría última, esa que habrán de cruzar y les espera ansiosa en la paz del silencio.     

          El tercer hombre ha dejado de verlos caminar por las callejas, pero sabe que siguen caminando con él por el paseo de los poetas, por la luminosa y excelsa luz de la palabra. No está solo, no. Al abrir sus ojos de nuevo, los ve a su lado, caminando como siempre por la luz de la historia.

                                                             Baena, 6 de junio de 2026